Introducción
El mesianismo constituye uno de los temas más profundos y persistentes de las tres religiones de tronco abrahámico. La expectativa de un «enviado» de Dios que ponga fin al mal y establezca un orden de justicia recorre, con formas distintas, el judaísmo, el cristianismo y el islam. La figura de un «libertador esperado» que destruye las fuerzas de la injusticia y funda el Reino de Dios es compartida por judíos, cristianos y musulmanes, aunque formulada de modo diverso: los cristianos esperan una segunda venida, los judíos aguardan a alguien que aún no ha venido y los musulmanes conciben a un personaje que «aparecerá» o «se levantará» frente a un poder injusto. Sobre esta base común, cada tradición construye su propia imagen del mesías, según cómo entiende a Dios, la historia y la comunidad.
1. Mesianismo judío: el Mashiaj como rey humano
Maimónides plantea que en el judaísmo uno de los principales fundamentos de fe es creer en el Mashíaj (Mesías) y anhelar su llegada. Pero, un rasgo clave del mesianismo judío es la plena humanidad del Mashiaj. Porque según las fuentes judías, citadas por Maimónides, el Mashiaj será un ser humano nacido de padres de carne y hueso, que cumplirá su misión y morirá como cualquier persona, es decir, el Mashiaj no será una encarnación divina, sino un líder histórico, aunque su misión tenga un alcance espiritual y universal.
En cuanto a su identidad, Maimónides, sostiene que el Mashíaj tiene que ser descendiente del rey David. Será un líder único en la historia, que guiará a toda la humanidad de vuelta a Dios y traerá al pueblo judío de regreso a la Tierra de Israel, con paz y abundancia; su fama será incluso mayor que la de Salomón. Las naciones harán la paz con él, atraídas por su honestidad y los milagros que Dios hará por su intermedio. Pero, como recuerda Maimónides, lo central de la Era Mesiánica no es la riqueza ni la comodidad física, sino que todos reconozcan que Dios creó el mundo, lo cuida, lo dirige y que dependemos de Él.
El Rabino David Sedley presenta la dinámica histórica de este proceso. Llama «ikveta de Meshija - los últimos pasos antes del Mashíaj» al tiempo previo a la llegada, caracterizado por desarrollos políticos, económicos y sociológicos que harán cada vez más palpable su inminencia. La Era Pre-Mesiánica será un periodo en el que Jerusalén será reconstruida, la Tierra de Israel florecerá y el pueblo judío retornará a ella, pero al mismo tiempo la sociedad estará en decadencia y se debilitará el conocimiento de la religión, síntomas que se interpretan como «dolores de parto del Mashíaj». Es por ello por lo que la llegada del Mashíaj está condicionado por los méritos colectivos del pueblo judío, donde cada persona puede acercar su llegada «mejorando sus propios actos, desarrollando su carácter, regresando a Dios e inspirando a otros a hacer lo mismo». El Talmud en Sanhedrín 98b, agrega Sedley, enseña que frente a «los dolores de parto del Mesías», el consejo de los Sabios es dedicarse al estudio de la Torá y a los actos de bondad (gmilut jasadim). Dado que el Segundo Templo fue destruido por sinat jinam (odio infundado) con el prójimo, la redención exige reparar ese daño mediante el amor, la paz y la sensibilidad hacia el semejante.
2. Mesianismo cristiano: Cristo, Hijo enviado del Padre
Lucas F. Mateo-Seco aborda el mesianismo cristiano desde la perspectiva del Padre que envía al Hijo introduciendo una radical novedad en el concepto de Dios, al revelarlo como «Abbá – padre», sin romper por ello la continuidad con el Dios del Antiguo Testamento. El Dios de Jesucristo es el mismo Yahvé adorado en Israel, pero ahora revelado en su intimidad trinitaria, donde la novedad no es de ruptura, sino de cumplimiento. Y esta novedad se expresa en la relación única entre el Padre y el Hijo.
Cuando el libro de Juan 10:30 dice «el Padre y yo somos una sola cosa», Mateo-Seco explica que los judíos lo entienden como una pretensión de igualdad con Dios y por eso quieren apedrear a Jesús por blasfemo, pero él no se corrige, sino que, al contrario, apunta a sus obras, mostrando su unión con el Padre. Es por eso, que el Mesías cristiano no es solo un enviado humano, sino el Hijo que comparte la misma naturaleza del Padre. Debido a esto, desde la perspectiva trinitaria, creación y redención forman parte de un único designio paterno. Mateo-Seco afirma también que, mirada la cuestión desde la teología del Padre, es necesario decir que la creación del mundo y el envío del Hijo (Cristo), tienen como fin que los hombres lleguemos a ser hijos en el Hijo por el Espíritu Santo, es decir, extender la paternidad del Padre hasta los hombres. De esta forma, el Dios y Padre nos ha bendecido en Cristo, nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo, y quiere llevarlo a cabo en la plenitud de los tiempos: recapitulando en Cristo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra. Porque la consumación de la historia no es solo una era de paz, sino la integración de toda la realidad en Cristo, el Mesías crucificado y resucitado.
Por lo tanto, a diferencia del judaísmo, el cristianismo confiesa que el Mesías ya ha venido en la persona de Jesús de Nazaret. Esto significa que la salvación ha sido iniciada, pero su plenitud sigue pendiente, situando Jesús, en una tensión entre la memoria de lo ya realizado y la esperanza de la salvación definitiva.
3. Mesianismo islámico: el Mahdi como Imam oculto y salvador justo
Abdulaziz Sachedina nos explica que el Mahdi aparece como salvador divinamente guiado, procedente de la familia del Profeta (ahl al-bayt), y como líder escatológico del pueblo islámico. Es el «Qa’im - el que se levanta», y la «hujja de Dios - la prueba viviente de la voluntad divina» en la historia. El Mahdi emerge de la línea de los doce Imames reconocidos por el shiísmo duodecimano (duodécimo Imán). Pero, en la fase actual de la historia se encuentra en ghayba (ocultación), no obstante, sigue siendo el centro invisible de la guía divina; la comunidad vive entre la presencia oculta del Imam y la expectativa de su manifestación final. Es por eso, que a partir de las fuentes imamíes, en los últimos días el Mahdi se levantará como líder final para establecer la justicia y un nuevo orden bajo su autoridad; la tradición sitúa el inicio de su qiyām en La Meca, concebida como lugar del levantamiento escatológico.
Sin embargo, la concepción del Mesías musulmán tiene dos visiones, que hasta el dia de hoy dividen al islam. Sachedina presenta que la división entre chiitas y sunitas está ligada, desde muy temprano, a una comprensión distinta de la salvación y del liderazgo. Según él, «la división de islam en chií y suní fue en parte resultado de una diferencia en la comprensión del concepto de salvación entre las dos facciones». Y aunque para los chiitas, la salvación se vincula de manera muy estrecha con la figura de un Imán mesiánico, para los sunitas la cuestión del guía futuro no tiene el mismo peso dogmático.
El mesianismo shií tiene una dimensión intensamente política y social, es por eso por lo que Sachedina observa que la esperanza en el Mahdi implica una relectura de la realidad, donde las circunstancias presentes se evalúan «a la luz de lo que va a ocurrir cuando aparezca el Salvador del islam». Donde, la figura del Mahdi no sólo consuela el sufrimiento, sino que sostiene una crítica permanente al poder ilegítimo y a la injusticia estructural. Pero, aunque la idea de la aparición del Mahdi, de entre los descendientes de Fátima a través de su hijo al-Husayn, se convirtió en una creencia islámica ampliamente difundida, Sachedina agrega que la comprensión sunita es distinta. Los sunitas esperan que el Mahdi sea el califa último del Profeta y no consideran la creencia en el restaurador de la pureza islámica como una parte esencial de su credo, como lo hacen los chiitas. Es decir, reconocen un Mahdi futuro, pero no lo elevan a un artículo central de fe del modo en que lo hace el chiismo. Y para describir la posición sunita, Sachedina cita a Ibn Jaldún, quien resume que es bien conocido (y generalmente aceptado) por todos los musulmanes en cada época que, al final del tiempo, un hombre de la familia del Profeta aparecerá sin falta; él fortalecerá el islam y hará triunfar la justicia. Los musulmanes lo seguirán y dominará el territorio islámico, y será llamado el Mahdi, aunque su creencia no ocupa el lugar estructural y doctrinal que tiene en el chiismo imámita.
Por lo tanto, tal como escribe Sachedina la diferencia clave es que, mientras el chiismo imámita hace del Mahdi (el duodécimo Imán) una pieza central de la salvación y de la identidad comunitaria, la tradición sunita acepta en general la figura del Mahdi como restaurador final de la justicia, pero sin considerarla una doctrina esencial del credo.
4. Comparación: convergencias y diferencias
A partir de lo anterior, podemos destacar al menos cuatro ejes comparativos.
a) Estatus ontológico del mesías: En el judaísmo el Mashíaj es plenamente humano, nacido de padres de carne y hueso, que cumplirá su misión y luego morirá como cualquier otra persona. En el cristianismo, el Mesías es el Hijo eterno del Padre, consustancial con Él. Y en el islam, el Mahdi es un salvador y líder escatológico, ya sea del pueblo islámico procedente de la familia del Profeta, o como último califa restaurador de la justicia.
b) Estructura temporal de la esperanza: Los judíos esperan a alguien que aún no ha venido, los cristianos esperan el retorno de alguien que ya vino, y los musulmanes conciben la aparición o levantamiento de un líder que irrumpirá en la historia. El mesianismo judío distingue con nitidez la Era Pre-Mesiánica y la Era Mesiánica, pero todo el protagonismo del Mashíaj se sitúa todavía en el futuro. En el cristianismo, Cristo ha inaugurado ya la recapitulación de todas las cosas, no obstante, su plenitud escatológica permanece por realizarse. En el shiísmo, el Mahdi existe ya como Imam oculto, pero su manifestación final está diferida, y los sunitas esperan que el Mahdi sea el califa último del Profeta.
c) Relación entre mesianismo, ley y ética: En la perspectiva judía, la llegada del Mashíaj depende en gran medida de los méritos del pueblo judío: cada individuo puede acercar su llegada mejorando sus actos, su carácter y animando a otros a hacer lo mismo. Para salvarse de los dolores de parto del Mesías, la persona debe dedicarse al estudio de la Torá y a la práctica de la benevolencia; además, la redención exige superar el odio al prójimo mediante la búsqueda de la paz y el amor fraterno. En el cristianismo trinitario, el envío del Hijo tiene como finalidad que los hombres lleguen a ser «hijos en el Hijo por el Espíritu Santo», extendiéndose así la paternidad del Padre. La ética cristiana se estructura como respuesta filial al Padre revelado por el Mesías, porque vivir «en Cristo» significa anticipar ya la recapitulación futura de todas las cosas. En el islam, el mesianismo se traduce en una sensibilidad ética y política particular, donde la vida presente se juzga a la luz de lo que sucederá cuando aparezca el Mahdi, y la esperanza en él alimenta una actitud de resistencia frente a la tiranía.
d) Universalidad de la salvación y del orden mesiánico: En el judaísmo, la Era mesiánica implica no solo la restauración de Israel, sino también la corrección de la ignorancia de Dios para toda la humanidad; es también el momento en que todo el mundo reconoce que Dios creó, supervisa y dirige el mundo. El Mashíaj es rey de Israel, pero su reinado tiene un alcance universal en términos de paz, justicia y conocimiento de Dios. En el cristianismo, la universalidad se formula en clave de recapitulación cósmica: el Padre quiere recapitular en Cristo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra. No solo las naciones, sino toda la creación queda integrada en el Mesías. En el islamismo, el Mahdi es presentado como líder final que establecerá la justicia en los últimos días, dando fin a la tiranía y la maldad. Su gobierno se concibe como instauración de un orden justo a escala global, aunque expresado explícitamente en términos islámicos.
Conclusión
Aunque el judaísmo, el cristianismo y el islam conciben de manera distinta la figura mesiánica —Mashíaj, Cristo y Mahdi—, comparten una misma convicción de fondo: la historia no está cerrada y el mal no tiene la última palabra. El Mashíaj es un rey humano que culmina el plan divino en la historia; Cristo es el Hijo eterno encarnado que introduce a la humanidad en la filiación con el Padre; el Mahdi es líder cuya irrupción traerá justicia plena. Pero más allá de las diferencias doctrinales y ontológicas, el mesianismo en estas tres tradiciones abrahámicas no es solo doctrina sobre el fin de los tiempos, sino también una clave para vivir el presente bajo el signo de la esperanza y de la responsabilidad.
Referencias Bibliográficas
Ben Maimón, M. (1168). Introducción al Perek Jelek. Edición Isaac Sakkal (2008). Israel.
Mateo-Seco, L. F. (2003). Teología trinitaria: Dios Padre. Madrid, España: Ediciones Rialp.
Sachedina, A. A. (1981). Islamic Messianism: The idea of Mahdi in Twelver Shi‘ism. Albany, NY: State University of New York Press.
Sedley, D. (s. f). The Messiah II: The Nature of the Messianic era. Olami morasha syllabus. Disponible en https://nleresources.com/wp-content/uploads/2012/07/The-Messiah-II.pdf [fecha de recuperación: 23 de Noviembre 2025]