Introducción

En las sociedades modernas, la ideología política ha reemplazado al mito como respuesta a las crisis espirituales y morales. Antes, estas crisis se expresaban a través del arte y la literatura; hoy, surgen líderes carismáticos con discursos mesiánicos que canalizan el malestar social, como ocurrió históricamente con Mussolini, Hitler o Lenin, y actualmente con figuras como Trump, Bukele o Milei. Y como judío e israelí creo oportuno traer a Theodor Herzl como ejemplo de líder que creó un mito fundacional. En el libro El Estado judío (1896), escribe que los judíos no pueden resolver su situación solo con integración o tolerancia; necesitan su propio Estado. Mientras que en su otro libro la Antigua-Nueva Tierra (1902), imagina cómo sería ese lugar: moderno, justo y conectado con su historia. Con estos dos libros, Herzl transforma un mito en un sueño colectivo.

1. El mito de Herzl que impulsó una identidad nacional

Herzl, en sus dos obras, nos muestra sus diferentes facetas. En El Estado judío, podemos apreciar al jurista y político. Usó el «mito» del antisemitismo y la fragilidad del estatus civil para proponer organizaciones que colonizarían y financiarían al nuevo Estado judío: «El Mundo resuena con protestas contra los judíos, y estas han despertado el pensamiento adormecido […] nos hemos esforzado sinceramente en todas partes por integrarnos en la vida social de las comunidades vecinas […] pero no se nos permite hacerlo [por lo tanto] el movimiento […] iniciará con absoluta conformidad con la ley, […]la creación de una corporación que se llamará Sociedad de Judíos […] y además de una Compañía judía, un organismo económicamente productivo.»

Aunque Herzl no usa un lenguaje mesiánico, su escritura genera un efecto mítico, dando a los judíos un punto de partida claro para contar su propia historia, sin depender de la de otros. En Antigua-Nueva Tierra, su relato se convierte en una especie de cuento utópico, a través de un viaje que permite imaginar cómo sería ese futuro ideal. Herzl pasa de hacer un plan concreto en 1896 a mostrar una promesa visible en 1902. Ese cambio de pensador a soñador es lo que lo convierte en símbolo del mito, volviéndose el mismo el puente entre lo práctico y lo imaginado: «Y pensarán que es una broma si le digo que esta idea no se originó en absoluto en Palestina, sino en […] Inglaterra y América […] surgió de experiencias, libros y sueños.»

2. El mito como relato fundacional: el instante del deseo de Estado

Todo mito fundacional identifica un «instante generador» en la que el deseo se vuelve mandato, un relato fundacional que condensa pasado, presente y porvenir para resolver contradicciones de una comunidad y movilizar acción colectiva. En Herzl, ese instante no era un milagro, sino una deducción. El Estado judío sería la respuesta a la experiencia negativa reciente, como los pogromos y el caso Dreyfus, que a él le tocó vivir tan de cerca. Dado que el antisemitismo seguía siendo una realidad, la única respuesta moderna coherente era la creación de un Estado normal, con derecho público y ciudadanía plena. La narrativa fundacional se formula así: «Todo el plan, es en esencia, perfectamente simple […] que se nos conceda la soberanía […] para satisfacer las necesidades legítimas de una nación; el resto lo gestionaremos nosotros mismos.» Esa frase, simple pero lógica, refleja que el proyecto deja de ser un sueño teológico para devenir en una tarea administrativa y política.

Vemos como ese deseo de querer un Estado cumple dos funciones típicas del mito: condensa un origen, no bíblico, sino actual y prescribe una forma de Estado con instituciones, economía, etc. En otras palabras, Herzl no acude a un pasado edénico; narra un presente que se funda a sí mismo. Por eso su «mito es moderno», que no regresa al pasado, sino que se proyecta.

3. De la crisis a la superación: cómo el mito organiza una salida

Herzl identifica una crisis doble en la condición judía: política (imposibilidad de seguridad jurídica plena sin soberanía) y simbólica (autocomprensión judía subordinada a marcos ajenos). Como antídoto Herzl plantea que tener un Estado propio era la solución para dejar de ser «el problema judío» en otros Estados. Esto se podía lograr usando el dolor como una oportunidad. En lugar de bloquear la acción, la memoria del dolor ayuda a reorganizarla. Así, la crisis deja de ser algo inevitable y se convierte en algo que se puede transformar. Por eso, tener un Estado propio no tenía que quedarse en el recuerdo, sino que podía hacerse realidad a través de cooperativas, infraestructura, ciudadanía compartida y una cultura pública que combine tradición y modernidad: «Los colonos judíos que llegaron de todas partes del mundo tenían a su disposición la experiencia de todos los pueblos civilizados […] técnicos, agrícolas y comerciales […] convirtiéndose en la mayor bendición para Palestina.». El conatus spinoziano está más presente que nunca, pero esta vez de manera colectiva.

Para Herzl el mito no es contra otros, sino una forma política en la que pueda convivir con otros. La hospitalidad, las instituciones de bienestar y la alta cultura exponen que la salida a la crisis judía no necesita producir una crisis para los no judíos; al contrario, el modelo aspira a ejemplaridad cívica. El mito fundacional, entonces, no buscaba supremacía, sino normalidad compartida, con las culturas y religiones presentes: «Jerusalén se había convertido en un cuerpo poderoso y respiraba vida […] cristianos, mahometanos y judíos [… en el] palacio de la paz.»

4. Forma mítica, forma política: del plan al imaginario

Recordemos que Herzl no vio materializado su sueño. Es por ello por lo que sólo pudo crear un plan, y después imaginarlo. En El Estado judío diseña estatutos, finanzas, cronogramas, migración por etapas, adquisición de tierras, creación de organizaciones, y todo esto porque es la técnica la que funda credibilidad, ya que el «mito» hay que administrarlo. Y la imaginación, reflejada en Antigua-Nueva Tierra era necesaria, ya que fundó deseabilidad, porque para impulsar un Estado no basta querer hacerlo; hay que querer vivir en este. Construir paisajes urbanos, teatros, universidades, tribunales, etc. y hacer una vida cotidiana. Por eso, al combinar un plan concreto con una visión imaginada, Herzl logró dar forma a la idea de un Estado propio. Lo que empezó como un sueño se convirtió en una propuesta real. Así, un pueblo que antes solo existía como idea pudo organizarse como nación. Herzl no fue solo un escritor o un soñador; fue el agente mítico que ayudó a convertir esa idea en acción.

5. Modernidad, tradición y promesa

Herzl no propone una teocracia ni una copia de la Europa de su época. En El Estado Judío defiende la igualdad de derechos, una economía bien organizada y el respeto al derecho internacional, y en la Antigua-Nueva Tierra, combina ese enfoque con una ética pública que valora la tradición, pero la aplica en instituciones modernas como escuelas, centros culturales y espacios laicos. Su propuesta es flexible. Ofrece un hogar para todos los tipos de judíos, pero también pide compromiso con la vida cívica. Porque la tensión entre lo «antiguo» y lo «nuevo» no es un problema, sino su fuerza: el mito fundacional permite conservar la tradición y al mismo tiempo construir algo nuevo, sin que una cosa destruya a la otra: «Que todos los que estén dispuestos a unirse a nosotros se apoyen detrás de nuestra bandera y luchen por nuestra causa con voz, pluma y hechos. Aquellos judíos que estén de acuerdo con nuestra idea de un Estado se unirán a la sociedad.»

Conclusión

Si todo mito fundacional transforma una angustia en una promesa, el de Herzl convierte la fragilidad del pueblo judío en una idea de normalidad. Pero no se trata de una normalidad pasiva, sino de una que se construye: con un Estado, leyes, cultura y una economía pensada para servir a la ciudadanía. En El Estado Judío ofrece la estructura básica para lo necesario; en Antigua-Nueva Tierra enseña a desearlo, a imaginarlo como un proyecto deseable. En ese camino, la figura de Herzl se funde con el mito: es el periodista que primero escribe un plan y luego imagina un mundo. Su vida y su obra se vuelven parte del mismo relato que llama al pueblo judío a organizarse como nación. Así, superar la crisis no significa solo escapar del peligro, sino aprender a vivir en lo propio, con dignidad y sentido.

Referencias Bibliográficas

ABDALA, S, «Unidad 1 y 2 del curso Filosofía de las Religiones [Material de clase]», Universidad Gabriela Mistral, (2025).

HERZL, T, «El Estado judío (1896)», Traducción E. Schluk & E. Rosenblatt, Editado por el Ático, Israel, (2023).

HERZL, T, «La antigua-nueva tierra (1902)» Traducción E. Schluk & E. Rosenblatt, Editado por el Ático, Israel, (2023).