Introducción

Cuando hablamos de «contemplación de la verdad», podemos imaginar una actividad puramente intelectual: retirarse de las preocupaciones inmediatas para pensar en verdades universales. También podemos entenderla en un sentido casi místico: una iluminación súbita que permitiría acceder directamente a una realidad inaccesible al razonamiento. Ninguna de estas dos imágenes expresa adecuadamente, por sí sola, lo que Spinoza entiende por conocimiento intuitivo. El problema es más preciso: ¿qué significa conocer una cosa de tal manera que comprendamos, en ella misma, su dependencia necesaria de Dios o de la Naturaleza? (Spinoza, 1677/2000, E2p40e2; E5p24-25).

En la Ética, Spinoza denomina al conocimiento intuitivo «tercer género de conocimiento». Lo define como aquel que procede desde la idea adecuada de ciertos atributos de Dios hasta el conocimiento adecuado de la esencia de las cosas (Spinoza, 1677/2000, E2p40e2). No estamos, por tanto, ante una intuición entendida como presentimiento, impulso espontáneo o convicción subjetiva. Estamos ante conocimiento y, más exactamente, conocimiento adecuado. Por eso pertenece al mismo campo de la verdad que la razón, aunque alcanza una forma de comprensión que la razón universal no alcanza del mismo modo (Spinoza, 1677/2000, E2p40e2; E2p41-43).

Ahora bien, Spinoza no presenta el conocimiento como una cuestión exclusivamente teórica. Conocer mejor significa también vivir de otra manera. El tercer género produce la mayor tranquilidad del alma; de él nace una alegría acompañada de la idea de Dios como causa, y de esa alegría surge aquello que Spinoza denomina «amor intelectual de Dios» (Spinoza, 1677/2000, E5p27; E5p32c).

En este árticulo, la idea que desarrollaré es, por tanto, la siguiente: en Spinoza, la contemplación de la verdad alcanza su forma más alta cuando entendemos una cosa singular no simplemente como algo que sucede aquí y ahora, sino como una expresión necesaria de la realidad eterna de Dios o de la Naturaleza. Esta comprensión no elimina la razón, sino que nace de ella y la lleva desde el conocimiento universal hasta la esencia singular; y precisamente por eso transforma también nuestros afectos, produciendo alegría, amor intelectual y libertad (Spinoza, 1677/2000, E5p28-32; E5p36e).

Antes de la intuición: el problema de conocer verdaderamente

Spinoza distingue en la Ética tres géneros de conocimiento. El primero comprende las ideas que recibimos de manera fragmentaria a través de la experiencia sensible, de signos y de asociaciones; es el ámbito que denomina opinión o imaginación. El segundo surge de las nociones comunes y de las ideas adecuadas de las propiedades de las cosas; es la razón. El tercero es la ciencia intuitiva, que procede desde el conocimiento adecuado de los atributos de Dios hasta el conocimiento adecuado de la esencia de las cosas (Spinoza, 1677/2000, E2p40e2).

La diferencia no es simplemente una diferencia de cantidad. No se trata de que la imaginación sepa poco, la razón sepa más y la intuición acumule todavía más información. Lo decisivo es «cómo conocemos». En el primer género, nuestro conocimiento es parcial y confuso; en el segundo y en el tercero poseemos ideas adecuadas. Por eso Spinoza afirma expresamente que el primer género es la única causa de falsedad, mientras que el segundo y el tercero son necesariamente verdaderos (Spinoza, 1677/2000, E2p41).

Esto permite aclarar qué significa «contemplar la verdad». Para Spinoza, poseer la verdad no consiste en añadir desde fuera una certificación a una idea. Quien tiene una idea verdadera sabe al mismo tiempo que la tiene y no puede dudar de la verdad de aquello que entiende. En un célebre pasaje, Spinoza compara la verdad con la luz: así como la luz se manifiesta a sí misma y permite reconocer también las tinieblas, la verdad es norma de sí misma y de lo falso (Spinoza, 1677/2000, E2p43e).

Por una parte, esto excluye la identificación de la verdad con una mera convicción psicológica. Estar convencido no basta. Por otra, tampoco necesitamos una segunda idea que certifique indefinidamente la primera. La idea adecuada contiene su propia inteligibilidad (Spinoza, 1677/2000, E2p43e). A mi juicio, ésta es la primera condición para entender la contemplación spinozista: no contemplamos la verdad desde fuera; entender verdaderamente es ya encontrarnos dentro del orden inteligible que la idea expresa. Esta última formulación es una inferencia interpretativa basada en la concepción spinozista de la idea adecuada y de la certeza (Spinoza, 1677/2000, E2p43e).

Los escritos tempranos: conocer sin intermediarios

La importancia de esta forma de conocimiento aparece ya antes de la formulación definitiva de la Ética. En el Tratado de la reforma del entendimiento, Spinoza distingue cuatro modos de percepción. Después de examinar sus ventajas y limitaciones, concluye que únicamente el cuarto «comprende la esencia adecuada de la cosa y sin peligro alguno de error», razón por la cual debe ser utilizado preferentemente (Spinoza, 1677/1988, §§18-29, pp. 81-85).

La estructura es significativa. El conocimiento de oídas no alcanza la esencia; la experiencia aislada es insegura y sólo proporciona conocimiento accidental; el razonamiento verdadero permite extraer conclusiones sin error, pero Spinoza todavía distingue de él un cuarto modo que comprende adecuadamente la esencia misma (Spinoza, 1677/1988, §§25-29, pp. 84-85).

Algo semejante aparece en el Tratado breve. Allí Spinoza utiliza nuevamente el ejemplo de una proporción matemática. Una persona sigue una regla porque se la enseñaron; otra la confirma mediante casos particulares; una tercera comprende racionalmente por qué la proporción debe ser así; una cuarta «ve al instante, con su intuición, la proporcionalidad y todos los cálculos» (Spinoza, 1990, II, cap. 1, pp. 101-102).

El ejemplo es sencillo, pero filosóficamente importante. La intuición no contradice el razonamiento. Ve inmediatamente una relación que el razonamiento puede demostrar. No produce una verdad distinta, sino una forma distinta y más directa de comprenderla (Spinoza, 1990, II, caps. 1-2, pp. 101-102). En el capítulo siguiente, Spinoza caracteriza ese conocimiento claro como un conocimiento que no se obtiene simplemente mediante las convicciones de la razón, sino mediante el «sentimiento y gozo de la cosa misma», y declara que supera a los otros modos (Spinoza, 1990, II, cap. 2, p. 102).

Más adelante, el Tratado breve vuelve sobre la cuestión desde una perspectiva ética. La razón, dice allí Spinoza, no basta por sí sola para conducir al ser humano a la felicidad; la última forma de conocimiento se produce por la «manifestación inmediata del objeto mismo al entendimiento». Si ese objeto es excelente, el alma necesariamente se une con él; y si conocemos a Dios de ese modo, el conocimiento produce amor y unión con Dios (Spinoza, 1990, II, cap. 22, p. 153).

Al comparar estos escritos con la Ética, puede inferirse una continuidad conceptual: Spinoza busca desde temprano una forma de conocimiento en la que la esencia no sea alcanzada únicamente mediante una cadena discursiva, sino captada adecuadamente en su inteligibilidad propia. La terminología y la clasificación cambian, pero permanece la aspiración a un conocimiento adecuado, directo y capaz de transformar la relación afectiva del sujeto con aquello que conoce (Spinoza, 1677/1988, §§18-29, pp. 81-85; Spinoza, 1990, II, caps. 1-2, pp. 101-102; II, cap. 22, p. 153).

La intuición no elimina la razón

Aquí aparece una dificultad fundamental. Si la intuición conoce de manera más directa que la razón, podríamos concluir que Spinoza nos invita a abandonar el razonamiento. Sin embargo, la Ética afirma exactamente lo contrario: «el esfuerzo o deseo de conocer las cosas con el tercer género de conocimiento no puede surgir del primero, pero sí del segundo género de conocimiento» (Spinoza, 1677/2000, E5p28).

La intuición no nace de la imaginación confusa. Nace sobre el terreno de las ideas adecuadas. Por eso no hay una oposición entre razón e intuición semejante a una oposición entre racionalidad e irracionalidad. La razón prepara el paso al tercer género porque proporciona conocimiento adecuado; la intuición lleva esa adecuación a la comprensión de la esencia de la cosa singular desde Dios (Spinoza, 1677/2000, E2p40e2; E5p25; E5p28).

El Tratado de la reforma del entendimiento ofrece un antecedente de esta relación. Spinoza sostiene allí que el método mejora a medida que la mente comprende más cosas; y alcanza su máxima perfección cuando fija su atención en el ser perfectísimo. Cuanto más comprende la mente la Naturaleza, mejor comprende también sus propias fuerzas y el orden de esa Naturaleza (Spinoza, 1677/1988, §§39-40, pp. 89-90).

Por eso, no se trata de elegir entre pensar y contemplar. En Spinoza, la contemplación intuitiva es una forma de pensamiento. Su peculiaridad está en que el entendimiento ya no contempla sólo una propiedad común o una conclusión universal, sino la esencia de la cosa en su relación necesaria con la realidad de la que depende (Spinoza, 1677/2000, E2p40e2; E5p24-25).

Del conocimiento universal a la cosa singular

Éste es uno de los aspectos más importantes y, a veces, menos advertidos del tercer género. Spinoza no dice que cuanto más nos alejamos de las cosas particulares más cerca estamos de la verdad. Afirma lo contrario: «Cuanto más entendemos las cosas singulares, más entendemos a Dios» (Spinoza, 1677/2000, E5p24).

Inmediatamente después afirma que el supremo esfuerzo y la suprema virtud de la mente consisten precisamente en entender las cosas mediante el tercer género de conocimiento (Spinoza, 1677/2000, E5p25). El tercer género procede desde la idea adecuada de los atributos de Dios hasta el conocimiento adecuado de la esencia de las cosas. Por eso, conocer profundamente lo singular no nos encierra en lo particular: nos hace comprender aquello por lo que esa realidad singular es posible y necesaria (Spinoza, 1677/2000, E5p24-25).

Esta tesis depende de algo establecido anteriormente. En la segunda parte de la Ética, Spinoza sostiene que la idea de cualquier cosa singular actualmente existente implica necesariamente la esencia eterna e infinita de Dios; afirma además que ese conocimiento de la esencia de Dios es adecuado y que la mente humana posee un conocimiento adecuado de ella (Spinoza, 1677/2000, E2p45-47).

No debemos interpretar esto como si cada objeto escondiera detrás de sí a un Dios separado. En el lenguaje del propio sistema, las cosas singulares no pueden concebirse sin Dios y son comprendidas mediante los atributos de los que son modos (Spinoza, 1677/2000, E2p45). Por eso la dirección del conocimiento intuitivo no es: «cosa visible → realidad sobrenatural situada detrás de ella», sino: «cosa singular → necesidad ontológica por la que esa cosa es y se concibe». Esta formulación es una inferencia explicativa apoyada en E2p45-47 y E5p24-25.

Contemplar bajo una especie de eternidad

La noción decisiva aparece en la quinta parte de la Ética: comprender las cosas sub specie aeternitatis, bajo una especie de eternidad. Spinoza distingue dos maneras de concebir una cosa como actual. Podemos concebirla en relación con cierto tiempo y lugar; o podemos concebirla como contenida en Dios y siguiéndose de la necesidad de la naturaleza divina. En este segundo sentido la concebimos bajo una especie de eternidad (Spinoza, 1677/2000, E5p29e).

Esta distinción cambia radicalmente nuestra perspectiva. Una cosa contemplada solamente desde la duración aparece dentro de una secuencia temporal: comenzó, cambia y dejará de existir. La misma cosa contemplada bajo la especie de eternidad es entendida por la necesidad de aquello de lo que depende (Spinoza, 1677/2000, E5p29e). No deja mágicamente de ser finita; cambia la forma intelectual bajo la cual entendemos su realidad.

A partir de ello se comprende E5p30: en la medida en que la mente se conoce a sí misma y conoce su cuerpo bajo una especie de eternidad, conoce necesariamente a Dios y sabe que ella está en Dios y se concibe por Dios (Spinoza, 1677/2000, E5p30).

Por tanto, «contemplar la verdad» no significa ignorar el mundo concreto en nombre de la eternidad. Significa comprender la realidad concreta de un modo distinto: verla desde la red necesaria de inteligibilidad que la hace ser. A mi juicio, ésta es una de las consecuencias más fuertes de la doctrina: la eternidad no nos exige despreciar lo singular, sino comprender más profundamente lo singular. Esta valoración se apoya en la conexión expresa entre E5p24 y E5p29-30 (Spinoza, 1677/2000, E5p24; E5p29-30).

¿Por qué la intuición vale más que una demostración universal?

Spinoza introduce una observación extraordinariamente importante después de explicar el amor intelectual de Dios. Recuerda que ya había demostrado de forma general que todas las cosas dependen de Dios en su esencia y existencia. Esa demostración es válida y está fuera de duda. Sin embargo, afirma que no afecta a nuestra mente del mismo modo que cuando esa misma dependencia se deduce de la esencia de una cosa singular (Spinoza, 1677/2000, E5p36e).

Aquí vemos con precisión la diferencia entre segundo y tercer género. La razón establece una verdad universal. El conocimiento intuitivo comprende esa verdad en la singularidad misma. Ambos son verdaderos, pero no tienen exactamente la misma eficacia sobre nosotros (Spinoza, 1677/2000, E5p36e).

Podemos expresarlo pedagógicamente del siguiente modo. No es lo mismo saber universalmente que toda cosa depende del orden de la Naturaleza que entender una realidad concreta —incluyéndonos a nosotros mismos— desde las causas y la necesidad por las cuales existe de determinado modo. Esta explicación es una inferencia pedagógica, no una cita de Spinoza; se apoya en la comparación explícita que él establece entre conocimiento universal y conocimiento intuitivo en E5p36e.

Esto también explica por qué el conocimiento intuitivo no es un lujo intelectual añadido al sistema. Spinoza quiere mostrar que la verdad puede adquirir una potencia afectiva distinta cuando deja de permanecer en un nivel exclusivamente general y es comprendida en la cosa singular.

De la contemplación verdadera a la alegría

La verdad intuitiva no permanece afectivamente neutral. Spinoza afirma que del tercer género nace «la mayor tranquilidad del alma que puede darse». La razón es que quien conoce de este modo alcanza, según la argumentación de la Ética, una mayor perfección y es afectado por una alegría ligada al conocimiento de sí mismo y de su propia potencia (Spinoza, 1677/2000, E5p27).

Poco después formula la relación de manera todavía más clara: «Todo lo que entendemos con el tercer género de conocimiento, gozamos de ello», y ese gozo está acompañado por la idea de Dios como causa (Spinoza, 1677/2000, E5p32).

Esto permite entender por qué, en Spinoza, la contemplación de la verdad es al mismo tiempo intelectual y ética. La verdad no se limita a corregir una afirmación falsa. El paso de las ideas inadecuadas a las adecuadas modifica nuestra potencia de actuar. Ya en la tercera parte de la Ética, Spinoza afirma que la mente actúa en la medida en que tiene ideas adecuadas y padece en la medida en que tiene ideas inadecuadas (Spinoza, 1677/2000, E3p1).

Por eso entender no significa simplemente contemplar pasivamente una realidad exterior. Entender adecuadamente es una actividad de la mente. Y cuanto más adecuada es nuestra comprensión, menos dependemos intelectualmente de imágenes fragmentarias, asociaciones fortuitas y explicaciones nacidas de la ignorancia de las causas (Spinoza, 1677/2000, E3p1; E5p6e).

El amor intelectual de Dios

El paso decisivo se produce en el corolario de E5p32. Del tercer género de conocimiento nace necesariamente el «amor intelectual de Dios». Spinoza lo explica así: la intuición produce alegría acompañada de la idea de Dios como causa; y una alegría acompañada de la idea de su causa es amor. Pero aquí Dios no es imaginado como un objeto presente: es comprendido como eterno (Spinoza, 1677/2000, E5p32c).

Por tanto, el amor intelectual no es un sentimiento ciego añadido posteriormente al conocimiento. Nace del conocimiento mismo. Comprendemos una cosa desde Dios, nos comprendemos a nosotros mismos desde Dios y, en esa comprensión, surge una alegría cuyo objeto causal es Dios (Spinoza, 1677/2000, E5p30-32).

La misma relación había sido anticipada en el Tratado breve. Allí Spinoza sostiene que el conocimiento produce amor y que, si Dios es conocido mediante la última forma de conocimiento, el alma se une necesariamente con él (Spinoza, 1990, II, cap. 22, p. 153).

La Ética lleva esta tesis mucho más lejos. Spinoza afirma que Dios se ama a sí mismo con un amor intelectual infinito y que el amor intelectual de la mente hacia Dios es parte de ese mismo amor infinito con el cual Dios se ama a sí mismo, considerado ahora en cuanto puede explicarse por la esencia de la mente humana (Spinoza, 1677/2000, E5p35-36).

No se trata, por tanto, de dos individuos que intercambian afectos como lo harían dos personas. La mente ama intelectualmente a Dios precisamente porque ella misma y su comprensión pertenecen al orden de la Naturaleza divina. Esta explicación se desprende directamente de la demostración de E5p36 y evita atribuir a Dios las pasiones humanas que Spinoza expresamente le niega (Spinoza, 1677/2000, E5p17; E5p35-36).

Verdad, libertad y felicidad

Llegamos así a la consecuencia ética. Spinoza identifica en el escolio de E5p36 nuestra salvación, felicidad o libertad con ese amor constante y eterno hacia Dios (Spinoza, 1677/2000, E5p36e).

La libertad no consiste aquí en estar fuera de toda necesidad. Consiste en una actividad cada vez más determinada por la comprensión adecuada. Esto explica por qué la culminación de la Ética no es una fuga del mundo, sino una mayor capacidad de comprender la necesidad de las cosas y, mediante ese conocimiento, padecer menos de los afectos destructivos (Spinoza, 1677/2000, E5p6e; E5p38).

El último movimiento del libro resulta entonces coherente. Spinoza concluye que «la felicidad no es el premio de la virtud, sino la virtud misma». No somos felices después de haber reprimido nuestros deseos como recompensa por una conducta correcta; por el contrario, en la medida en que participamos de esa felicidad nacida del entendimiento, adquirimos mayor poder sobre los afectos que nos esclavizan (Spinoza, 1677/2000, E5p42).

Por eso la contemplación de la verdad no puede reducirse a una actividad académica. Su consecuencia última es una transformación de la manera en que existimos. Entender las cosas más adecuadamente significa pasar, en la medida de nuestra potencia, de padecer a actuar, de imaginar confusamente a comprender, y de una vida dominada por causas que ignoramos a una vida intelectual más consciente de la necesidad natural (Spinoza, 1677/2000, E3p1; E5p25-27; E5p42).

Tres malentendidos que conviene evitar

El primer malentendido consiste en confundir intuición con presentimiento. Nada en los textos examinados permite entender el tercer género como una opinión espontánea cuya validez depende de «sentir» que algo es verdadero. El tercer género pertenece expresamente al conocimiento adecuado y necesariamente verdadero (Spinoza, 1677/2000, E2p40e2; E2p41-43).

El segundo malentendido sería oponer radicalmente intuición y razón. La propia Ética afirma que el deseo de alcanzar el tercer género puede surgir del segundo, pero no del primero. La intuición, por tanto, presupone el terreno de la adecuación racional, aunque alcance una comprensión distinta de la cosa singular (Spinoza, 1677/2000, E5p28).

El tercer malentendido sería pensar que contemplar eternamente las cosas significa abandonar lo singular para perderse en una abstracción universal. Spinoza afirma justamente que cuanto más conocemos las cosas singulares, más conocemos a Dios, y considera más valioso el conocimiento intuitivo de la cosa singular que el conocimiento meramente universal de su dependencia respecto de Dios (Spinoza, 1677/2000, E5p24; E5p36e).

Por eso, si queremos usar la palabra «contemplación», debemos darle un sentido estrictamente spinozista: contemplar es entender una realidad singular desde su necesidad, verla en Dios y no solamente desde su aparición temporal y fragmentaria. Esta definición es una síntesis interpretativa de E5p24-30 y E5p36e, no una definición textual de Spinoza.

Una posible práctica de la contemplación spinozista

Spinoza no ofrece en los pasajes estudiados una técnica de meditación en el sentido de una serie de ejercicios rituales. Sí ofrece, sin embargo, indicaciones intelectuales precisas. En la quinta parte propone esforzarse por conocer los afectos y sus causas, ordenar las imágenes conforme al entendimiento y referir las afecciones del cuerpo a la idea de Dios; asimismo, afirma que quien se entiende clara y distintamente a sí mismo y a sus afectos ama a Dios tanto más cuanto mejor se comprende (Spinoza, 1677/2000, E5p10e; E5p14-15).

A partir de estos textos —y señalo expresamente que se trata ahora de una aplicación inferida— podemos pensar una práctica intelectual en tres movimientos. Primero, no quedarnos en la reacción inmediata ante lo que sucede, sino buscar sus causas. Segundo, intentar comprender aquello que nos afecta como parte de un orden necesario y no como un acontecimiento aislado dirigido especialmente contra nosotros. Tercero, pasar de la afirmación universal «todo depende de la Naturaleza» a la comprensión más concreta posible de cómo esta cosa singular, este afecto o esta situación se inserta en ese orden (Spinoza, 1677/2000, E5p6e; E5p14-15; E5p36e).

No se trata de resignarse ante todo lo que ocurre. Se trata de sustituir, en la medida de nuestra capacidad, una relación imaginativa y pasiva con la realidad por una relación intelectual más adecuada. La consecuencia esperada por Spinoza no es indiferencia, sino aumento de potencia: comprensión, tranquilidad, alegría y mayor capacidad de actuar (Spinoza, 1677/2000, E5p25-27; E5p32).

Conclusión

La pregunta inicial era qué significa contemplar la verdad mediante el conocimiento intuitivo. La respuesta de Spinoza puede formularse ahora con mayor precisión. La intuición es el conocimiento adecuado mediante el cual la mente comprende la esencia de las cosas desde el conocimiento de Dios; no pertenece al ámbito de la imaginación, sino al conocimiento verdadero, y surge sobre el terreno preparado por la razón (Spinoza, 1677/2000, E2p40e2; E5p28).

Los escritos tempranos ya buscaban una forma de conocimiento que no dependiera simplemente del testimonio, de la experiencia fragmentaria o del razonamiento discursivo. El Tratado breve habla de una comprensión que ve inmediatamente la relación y, más adelante, de la manifestación inmediata del objeto al entendimiento; el Tratado de la reforma del entendimiento considera superior el modo que comprende adecuadamente la esencia de la cosa (Spinoza, 1990, II, caps. 1-2, pp. 101-102; II, cap. 22, p. 153; Spinoza, 1677/1988, §§25-29, pp. 84-85). En la Ética, esta búsqueda alcanza su formulación más rigurosa. Conocer intuitivamente significa comprender las cosas singulares bajo una especie de eternidad: no sólo como acontecimientos situados en cierto tiempo y lugar, sino en cuanto están contenidas en Dios y se siguen necesariamente de la naturaleza divina (Spinoza, 1677/2000, E5p24-30).

Y aquí se encuentra, a mi juicio, la fuerza filosófica de la propuesta. La contemplación de la verdad no nos aleja de lo singular, sino que nos devuelve a ello con mayor profundidad. Cuanto más entendemos las cosas singulares, dice Spinoza, más entendemos a Dios. La verdad universal se vuelve entonces comprensión concreta; la comprensión se vuelve alegría; y la alegría acompañada por la idea de Dios como causa se convierte en amor intelectual de Dios (Spinoza, 1677/2000, E5p24; E5p27; E5p32c).

Por eso el final de la Ética no separa sabiduría y felicidad. La felicidad no llega después del conocimiento como recompensa. Consiste en la actividad misma de una mente que entiende cada vez más adecuadamente. Contemplar la verdad es, finalmente, aprender a ver la realidad —y a nosotros mismos dentro de ella— desde la necesidad que la constituye. En esa medida, conocer deja de ser solamente saber algo acerca del mundo: se convierte en una manera más libre de existir en él (Spinoza, 1677/2000, E5p36e; E5p42).

Referencias bibliográficas

Spinoza, B. (1988). Tratado de la reforma del entendimiento; Principios de filosofía de Descartes; Pensamientos metafísicos (A. Domínguez, Trad., introd. y notas). Alianza Editorial. (El Tratado de la reforma del entendimiento fue publicado originalmente en 1677).

Spinoza, B. (1990). Tratado breve (A. Domínguez, Trad., pról. y notas). Alianza Editorial.

Spinoza, B. (2000). Ética demostrada según el orden geométrico (A. Domínguez, Ed. y Trad.). Editorial Trotta. (Obra original publicada en 1677).