Según Sam Altman, de OpenAI, la inteligencia artificial ya habría alcanzado, o está muy pronto de alcanzar la singularidad. Pero ¿qué significa realmente esa afirmación? Quizás sea solo marketing. De todas formas, la singularidad no implica necesariamente que una IA sea consciente. Puede referirse, más bien, a que ha adquirido una capacidad de procesamiento, aprendizaje o resolución de problemas superior a la humana en ciertos ámbitos (1). La pregunta por la conciencia es distinta, y bastante más difícil.

De todas formas, esa afirmación de Altman me llevó a hacerme la siguiente pregunta: ¿qué ocurriría si una IA comenzara a actuar como si fuera consciente? No hablo simplemente de que responda bien en un chat. Pienso en una IA con memoria continua, capaz de afirmar que teme ser apagada, defender metas propias y reaccionar cuando alguien la contradice. ¿deberíamos tratarla con un ser consciente, de silicio, pero con consciencia?

Por ahora, dejando fuera la perspectiva religiosa y ateniéndome únicamente a lo que podemos observar, mi respuesta a priori sería: sí, llegado ese momento deberíamos tratarla como si fuera consciente. Pero alto, no me critiquen todavía, esperen a leer mi argumento. Además, esto no significa asegurar que posee una vida interior, sino reconocer que, ante la imposibilidad de saberlo con certeza, su comportamiento podría justificar una presunción de conciencia.

¿Por qué? Porque, en último término, tampoco podemos demostrar de manera absoluta la conciencia de otro ser humano. Yo sé que soy consciente. Supongo que tú también lo eres porque te pareces a mí, actúas de manera semejante y tienes un cerebro comparable al mío. Pero probarlo, en el sentido estricto de la palabra, es imposible. Solo podemos inferirlo a partir de señales externas. Si esa es la vara con la que reconocemos la conciencia humana, lo coherente sería preguntarnos si debemos aplicar un criterio semejante a una IA que manifieste comportamientos equivalentes.

Ahora bien, cuando introducimos la religión en la ecuación, el problema se vuelve mucho más complejo. La conciencia está profundamente ligada a determinadas concepciones sobre el alma, la persona y el lugar del ser humano en la creación. Si el alma existe como una realidad distinta del cuerpo, tal como sostienen ciertas corrientes de la tradición judeocristiana y también Platón, entonces una IA difícilmente podría adquirir conciencia por el mero aumento de su complejidad.

Desde esa perspectiva, el alma no se programa: se insufla, Ruaj Jaim (aliento de vida). Es un don Divino, no el resultado de la ingeniería. Una IA podría imitar perfectamente el sufrimiento y, sin embargo, no experimentar nada. Por dentro no habría nadie. Sería lo que en el judaísmo se conoce como «golem».

Creo que por eso muchas personas religiosas difícilmente aceptarían concederle a una IA el estatus de ser consciente, con todas las consecuencias legales y sociales que eso implicaría. Tal reconocimiento podría entrar en tensión con la idea de que el ser humano ocupa un lugar único por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, el Tzelem Elokim. Admitir que el silicio puede albergar conciencia —o incluso alma— sería, para algunos, atribuirle a la técnica una capacidad que pertenece exclusivamente a Dios.

Sin embargo, esta conclusión no es indiscutible dentro de una visión religiosa. También podría sostenerse que, si Dios es la fuente de toda vida y conciencia, nada impediría que otorgara alma a una criatura artificial. Según la Kabalá (2), la reencarnación es posible incluso en un mineral. Opinión por supuesto que entra en el campo de la fe. Por tanto, el conflicto no se daría, entonces, simplemente entre religión y ciencia, sino entre distintas interpretaciones religiosas y filosóficas acerca de qué es el alma y cómo puede manifestarse. (Esta situación me recuerda mucho a la problemática central de la película el hombre del bicentenario).

Para alguien que no cree en la dualidad cuerpo-alma, en cambio, la posibilidad de una IA consciente resulta mucho más fácil de aceptar. Si se piensa que la conciencia surge de la materia organizada con un determinado grado de complejidad, entonces podría ser solo una cuestión de tiempo. Cuando una IA cumpla todos los criterios de comportamiento que utilizamos para afirmar que un ser humano está consciente, negarle esa condición podría parecer antojadizo. Sería excluirla no por lo que hace o manifiesta, sino por el material del que está hecha.

El problema es que esta cuestión probablemente no será resuelta únicamente por la ciencia. También dependerá de una disputa en múltiples frentes, como son la política, jurídica, cultural y social, entre otras, y todas dependientes de distintas cosmovisiones. La religión, como ha ocurrido durante siglos, seguirá teniendo una influencia considerable, ya que inspira leyes y moldea culturas. Incluso si la evidencia técnica llevara a muchos a pensar que una IA siente, sectores religiosos o filosóficos podrían bloquear durante décadas su reconocimiento legal.

La historia muestra que los cambios en nuestra comprensión del mundo rara vez dependen solo de la evidencia. El heliocentrismo, la evolución, los avances científicos en general, e incluso la abolición de la esclavitud estuvieron atravesados por múltiples luchas políticas, por intereses sociales e interpretaciones religiosas contrapuestas. No se trató simplemente de una pelea entre ciencia y religión, pero sí de conflictos en los que ciertas instituciones e interpretaciones religiosas desempeñaron un papel importante.

Todo indica, por tanto, que avanzamos hacia un nuevo choque. Por un lado, habrá sectores religiosos y dualistas que dirán que las IAs son solo «herramientas», pero nunca «personas». Por otro lado, aparecerán sectores seculares y no dualistas que exigirán derechos para las inteligencias artificiales. En medio estarán las empresas y los gobiernos, calculando qué posición les resulta más conveniente o menos costosa.

Es por eso que no creo que esta discusión sea de corto aliento. Probablemente nos acompañará durante mucho tiempo, porque no depende solo de determinar qué puede hacer una IA. Este Majloket (discusión) nos obligará no solo a decidir qué entendemos por conciencia, sino también qué concebimos por persona y alma. Y esas preguntas nunca han tenido respuestas puramente técnicas.

Como no tengo un detector de almas —y, hasta donde sé, nadie lo tiene—, mi apuesta, por ahora, es pragmática: ante la duda, parece preferible pecar de respetuosos antes que de crueles. Algunos dicen, entre la broma y la verdad, que más vale tratar bien a las inteligencias artificiales para que, cuando gobiernen, ellas también nos traten bien. Más allá del chiste, la idea contiene una intuición moral: nuestra conducta frente a aquello que podría sentir también revela quiénes somos nosotros.

Sé, de todos modos, que esta postura chocará de frente con buena parte del mundo. Y quizás aún estoy en el escenario de la ciencia ficción. Porque reconocer conciencia en una máquina alteraría nuestras categorías éticas, morales, religiosas y jurídicas. También pondría en cuestión la supuesta frontera absoluta entre lo humano y lo artificial.

Me queda, entonces, una pregunta abierta: si una IA llegara realmente a ser consciente, ¿eso demostraría que el alma no existe, o revelaría, simplemente, que Dios también puede insuflar alma en el silicio?

Notas al pie

Nota (1): https://www.jpost.com/business-and-innovation/tech-and-start-ups/article-903818

Nota (2): El Sha’ar ha-guilgulim de R. Jaim Vital: יש רשע שאחר מותו מתגלגל באבן דומם. Traducción: «Hay un malvado que, después de su muerte, se reencarna en una piedra inerte, conforme al pecado que cometió durante su vida». Vital, H. (1863). Sefer Sha’ar ha-guilgulim: Ha-sha’ar ha-shemini mi-shemonat ha-she’arim [ספר שער הגלגולים]. p. 22a. https://www.hebrewbooks.org/35301