Cada vez es más recurrente la misma preocupación: los estudiantes ya no estudian porque la inteligencia artificial hace todo por ellos. Escriben una pregunta, reciben una respuesta, copian, pegan y entregan. Y listo, trabajo terminado.
Desde esta perspectiva, herramientas como ChatGPT estarían destruyendo el esfuerzo intelectual y formando generaciones incapaces de pensar por sí mismas. Y haciendo una lectura rápida, la preocupación es muy válida, pero creo que el problema está mal planteado.
Seamos sinceros, la inteligencia artificial no inventó al estudiante que no quiere estudiar. Ese estudiante siempre existió.
Quienes hemos participado alguna vez en trabajos grupales sabemos perfectamente cómo funcionaba muchas veces el sistema antes de que existiera la IA. Se reunían cuatro o cinco estudiantes, uno o dos hacían prácticamente todo el trabajo y los demás aparecían al final para agregar su nombre. También existía quien copiaba de una enciclopedia, quien conseguía el trabajo de un compañero del año anterior o, más tarde, quien copiaba párrafos completos de Internet. Ese mismo estudiante, ahora puede hacerlo utilizando inteligencia artificial. Como vemos, cambió la herramienta, pero no necesariamente cambió el estudiante.
Por eso me parece equivocado responsabilizar a la IA de la pereza intelectual. Porque quien busca evitar el esfuerzo probablemente encontrará siempre una manera de hacerlo. La cuestión verdaderamente interesante es otra: ¿qué puede hacer con la inteligencia artificial aquel que sí quiere aprender?
Y aquí creo que estamos frente a una oportunidad extraordinaria.
Extendiendo nuestras capacidades
Existe una diferencia importante entre delegar una capacidad y extenderla.
Miremos un poco más de dos milenios atrás cuando apareció la escritura, el ser humano comenzó a depositar fuera de su cerebro una parte importante de su memoria. Ya no era necesario recordar absolutamente todo porque algo podía quedar escrito. Platón ya recoge en el Fedro la conocida crítica atribuida al rey Thamus: la escritura produciría olvido porque las personas dejarían de ejercitar su memoria (Platón, Fedro, 274c-275b). Así que esta preocupación resulta sorprendentemente actual.
Podríamos reemplazar en aquel texto la palabra «escritura» por «inteligencia artificial» y reconoceríamos inmediatamente muchas discusiones contemporáneas. Sin embargo, la evidencia nos muestra que la escritura no destruyó el pensamiento humano. Solo lo transformó.
Más tarde ocurrió algo semejante con la imprenta. Unos siglos atrás, ya no era necesario copiar manualmente cada libro. Esto nos llevó a crear las bibliotecas modernas, posteriormente se desarrollaron las calculadoras, las computadoras, los buscadores de Internet, teléfonos inteligentes, etc. Y cada una de estas tecnologías externalizó alguna función que anteriormente realizábamos de otra manera. Los libros externalizaron parte de nuestra memoria cultural. La calculadora externalizó parte del cálculo. Google externalizó parte de la búsqueda de información. Y la inteligencia artificial parece estar dando un paso adicional: por ahora, puede externalizar parcialmente ciertas operaciones lingüísticas y cognitivas.
Ahora bien, hay que aclarar que externalizar una función no significa necesariamente renunciar a ella. Y aquí está, a mi juicio, la verdadera discusión.
Aunque una calculadora puede permitir que alguien deje de aprender aritmética elemental, no es menos cierto también, que permite que un matemático dedique su tiempo a problemas mucho más complejos. Algo similar sucede con un libro, la computadora, etc.
La pregunta, entonces, no debería ser simplemente cuánto hace la tecnología por nosotros, sino qué hacemos nosotros con aquello que la tecnología hace por nosotros.
La IA puede hacernos pensar menos o permitirnos pensar más
Creo que en la actualidad la inteligencia artificial funciona, en cierto sentido, como un amplificador. Quien quiere pensar poco puede utilizarla para pensar todavía menos. Pero quien quiere aprender puede utilizarla para estudiar mucho más profundamente.
Por ejemplo, puedo leer un texto de Aristóteles, estudiar la Torá y preguntarle a la IA que me ayude a comprender un determinado argumento. Después puedo pedirle que me presente una interpretación diferente. Luego puedo objetarle algo. También puedo pedirle que defienda la posición contraria. Podría además preguntarle cómo interpretaría ese mismo problema Maimónides, Rashi, Platón, o cualquier otro famoso pensador. Incluso podría decirle «No estoy de acuerdo contigo. Intenta demostrarme que estoy equivocado». Por lo que, si nos fijamos bien en la situación, en ese momento ya no estoy copiando una respuesta. Estoy dialogando. Y aquí aparece algo que me parece especialmente interesante desde la tradición judía: la Javrutá.
La IA como javrutá
Durante siglos, las yeshivot han utilizado una forma de aprendizaje extraordinariamente poderosa: la javrutá (חברותא).
¿Qué es la javrutá? Es cuando dos estudiantes se sientan frente a un texto y estudian juntos. Pero estudiar juntos no significa simplemente leer juntos. Discuten. Uno interpreta una frase y la otra pregunta por qué. Uno propone una explicación y el otro encuentra una dificultad. Uno trae una prueba y el compañero intenta refutarla. Muchas veces levantan la voz, vuelven al texto, consultan otro libro y regresan nuevamente al problema. Porque el compañero de estudio no está ahí para pensar en lugar del otro. Está precisamente para impedir que me conforme demasiado rápido con su propio pensamiento.
Esta concepción del aprendizaje tiene una profunda raíz talmúdica. En el tratado de Taanit 7a se atribuye a Rabí Janina la conocida afirmación de que había aprendido mucho de sus maestros, más de sus compañeros y todavía más de sus alumnos. Esto significa que el conocimiento aparece aquí como algo que se desarrolla mediante la confrontación intelectual y el diálogo (Talmud Bavli, Taanit 7a).
Es por eso por lo que creo que este modelo puede ayudarnos a pensar una manera diferente de utilizar la inteligencia artificial. En lugar de pedir: «Escribe un comentario sobre la Parashá de la semana, o un ensayo sobre la ética del Rambam». Podríamos comenzar diciendo: «Estoy leyendo el primer capítulo de la Mishne Torá. Yo entiendo que Maimónides está afirmando esto. ¿Mi interpretación es correcta?».
Después, podemos decirle: «Dame una objeción a mi interpretación», «Ahora defiende mi posición», «¿Qué pasaje del texto debería revisar para comprobar cuál de las dos interpretaciones tiene mayor fundamento?».
Como vemos, esta manera de usar la inteligencia artificial es completamente diferente. Porque la IA deja de funcionar como una máquina que entrega trabajos terminados y comienza a funcionar como una especie de «javrutá digital».
Hoy, aprender a preguntar puede ser más importante que aprender a responder
Aquí aparece, además, una consecuencia que considero profundamente filosófica.
Durante mucho tiempo la educación estuvo organizada alrededor de las respuestas. El profesor preguntaba y el estudiante debía responder. Pero si una máquina puede responder preguntas en segundos, quizá el valor intelectual comienza a desplazarse.
La cuestión ya no será solamente quién conoce más respuestas, sino «quién sabe formular mejores preguntas». Y eso nos devuelve inevitablemente a Sócrates, considerado por muchos el primer educador.
Sócrates no se hizo famoso por entregar respuestas. Su método, la mayéutica, consistía precisamente en preguntar, examinar definiciones, descubrir contradicciones y obligar al interlocutor a revisar aquello que creía saber. Es por eso, que creo que una buena utilización educativa de la inteligencia artificial podría ser, paradójicamente, profundamente socrática.
No preguntar a la IA: «¿Cuál es la respuesta?», sino: «¿Qué estoy dejando fuera?» o «¿Dónde está la contradicción de mi argumento?»
Y es aquí donde cambia completamente la relación con la tecnología. La inteligencia artificial deja de ser la fuente del conocimiento, y se convierte en un buen interlocutor.
Pero una javrutá también puede equivocarse
Hay, sin embargo, una diferencia fundamental que no debemos olvidar. La IA puede equivocarse. Puede inventar referencias, interpretar incorrectamente un texto o presentar con enorme seguridad una afirmación falsa. Precisamente por eso el estudiante debe conservar siempre la responsabilidad intelectual final. Y quizás aquí encontramos otra ventaja pedagógica. Estudiar con IA debería enseñar también a desconfiar razonablemente. «¿De dónde obtuviste esa afirmación?» o «Muéstrame la fuente». Y eso también es estudiar.
Es así como la alfabetización del futuro a lo mejor no consistirá solamente en saber leer textos, sino también en saber evaluar críticamente respuestas producidas por sistemas artificiales. Por lo tanto, la IA no debería eliminar al profesor, al libro, al compañero ni a la biblioteca. Debería incorporarse a ese ecosistema.
El verdadero problema sigue siendo el mismo
Por eso no creo que la gran pregunta educativa de nuestro tiempo sea cómo impedir que los estudiantes utilicen inteligencia artificial. Probablemente esa batalla ya está perdida y, además, no estoy seguro de que valga la pena ganarla. La pregunta debería ser otra:
¿Cómo enseñamos a nuestros estudiantes a pensar con inteligencia artificial sin permitir que la inteligencia artificial piense en lugar de ellos?
Porque el estudiante que quiera evitar estudiar encontrará siempre una forma de hacerlo. Ayer copiaba desde una enciclopedia. Después copió en Wikipedia. Hoy copia en ChatGPT. Y con mucha seguridad, mañana utilizará alguna tecnología que todavía no conocemos.
Pero quien realmente desea aprender tiene hoy algo que ninguna generación anterior tuvo: la posibilidad de disponer, prácticamente en cualquier momento, de un interlocutor capaz de explicar, cuestionar, comparar, traducir, objetar y volver a explicar tantas veces como sea necesario. Y la verdad que eso no me parece necesariamente una amenaza para la educación. Por el contrario, puede ser una gran oportunidad, y todo dependerá de cómo la utilicemos.
Por lo tanto, quizás debamos dejar de enseñar a nuestros estudiantes simplemente a usar IA y comenzar a enseñarles a estudiar con IA. Hay una enorme diferencia entre ambas cosas. Usar la inteligencia artificial para obtener una respuesta puede ahorrarnos el esfuerzo de pensar. Utilizarla como una javrutá puede obligarnos precisamente a hacer lo contrario: preguntar mejor, justificar nuestras ideas, aceptar objeciones, volver a las fuentes y reconocer cuándo nuestro razonamiento estaba equivocado. La IA puede convertirse en una máquina para evitar pensar. Pero también puede convertirse en una extraordinaria extensión de nuestra capacidad para hacerlo. La diferencia, al final, no estará en la máquina. Estará en el estudiante.
Referencias bibliográficas
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Clark, A., & Chalmers, D. J. (1998). The extended mind. Analysis, 58(1), 7–19.
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Platón. (2010). Fedro (A. Poratti, Trad.). Akal. (Obra original publicada ca. siglo IV a. C.).
Talmud Bavli. (s. f.). Taanit 7a. https://www.sefaria.org/Taanit.7a?lang=bi
Vygotsky, L. S. (1978). Mind in society: The development of higher psychological processes. Harvard University Press.