Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, al mismo tiempo, nunca habían proliferado tantos personajes dispuestos a explicarnos cómo debemos vivir. Gurús espirituales, coaches, mentores y masterclasses prometen enseñarnos a encontrar la felicidad, la abundancia, el propósito, la pareja correcta y, por supuesto, la versión definitiva de nosotros mismos. Al parecer, todos poseen el método secreto que al resto de la humanidad se le había escapado durante siglos.
Frente a este espectáculo, no puedo evitar pensar en Sócrates.
A primera vista, podría decirse que Sócrates nunca le decía a nadie qué debía hacer. Pero conviene matizar esa afirmación. Sócrates no era moralmente neutral. Defendía el cuidado del alma por encima de la riqueza y la fama, y sostenía que nunca es correcto cometer una injusticia, ni siquiera como respuesta a otra injusticia. Tenía, por tanto, convicciones firmes acerca del bien.
Lo que no tenía era un programa detallado para vivir. No ofrecía «siete pasos» para alcanzar la virtud ni prometía «transformar» la existencia de nadie en treinta días. Tampoco parece haber descubierto el secreto para manifestar la excelencia mientras uno duerme.
Sócrates era incisivo, preguntaba, examinaba y mostraba contradicciones. Muchos de sus diálogos terminan en aporía, es decir, en el reconocimiento de que los interlocutores no sabían realmente aquello que creían saber.
El resultado puede parecer frustrante, sobre todo para quienes esperan salir de una conversación con una lista de tareas y una frase inspiradora. Sin embargo, allí se encuentra una enseñanza que, para mí, es fundamental. Antes de indicar el camino, decir qué hacer o explicar cómo vivir, Sócrates obligaba a sus interlocutores a preguntarse si comprendían realmente hacia dónde querían ir.
Su método no elimina toda orientación. Lo que evita es que la orientación sustituya al juicio personal. Y hay una diferencia enorme entre ayudar a alguien a pensar y pensar en su lugar.
El buen maestro no fabrica discípulos-clientes permanentemente dependientes de su voz o de sus mentorías. Aspira a que puedan examinar sus propias ideas, reconocer sus errores y actuar por razones que comprendan. No necesita convertirse en una presencia indispensable en la vida de los demás para demostrar que su enseñanza funciona.
Pienso, por ejemplo, en ciertas versiones contemporáneas del estoicismo que circulan mezcladas con espiritualidad New Age, cábala popular, motivación empresarial y técnicas de autoayuda. Allí se proponen ejercicios, hábitos cotidianos y supuestos secretos para alcanzar el autocontrol, la prosperidad y el éxito. Como si tradiciones filosóficas y religiosas complejas pudieran combinarse en una presentación de diapositivas y quedar listas para el consumo antes del almuerzo.
Mi problema no es con el estoicismo de Epicteto, Séneca o Marco Aurelio, ni con la cábala como tradición religiosa. Tampoco hay nada necesariamente incorrecto en ofrecer ejercicios o disciplinas. Todos necesitamos consejos, modelos y prácticas. Incluso la autonomía se aprende con ayuda de otros.
El problema comienza cuando una orientación razonada se convierte en receta universal y quien enseña deja de ofrecer argumentos para comenzar a exigir adhesión, hoy llamadas membresias.
Una cosa es decir: «este ejercicio puede ayudarte a ordenar tus pensamientos». Otra muy distinta es afirmar: «si no obtuviste resultados, fue porque no creíste suficientemente en el método».
En ese momento, el método deja de ser una propuesta y se convierte en una trampa perfecta: si funciona, demuestra su eficacia; si fracasa, la culpa es del alumno.
El problema lógico es evidente. El sistema queda construido de tal manera que ninguna experiencia puede refutarlo. Si el discípulo prospera, el método era correcto. Si fracasa, no creyó suficientemente, no se esforzó, no estaba preparado o, en el peculiar vocabulario New Age que muchas veces se reviste de lenguaje cabalístico, su «vibración» no era la adecuada.
De esta manera, tanto el éxito como el fracaso terminan confirmando la doctrina. Una teoría que encuentra siempre la manera de tener razón deja muy poco espacio para distinguir entre conocimiento y creencia.
Es así como, en mi opinión, cierta cultura contemporánea de la autoayuda ha convertido la vida interior en un territorio administrado por «expertos». Si bien al comienzo esto puede ser útil, también puede empobrecernos. Terminamos explicando cada fracaso como falta de mentalidad, cada tristeza como bloqueo y cada desacuerdo como resistencia al cambio.
Según estos mentores, ya no estamos simplemente cansados, confundidos o en desacuerdo. Aparentemente tenemos un trauma que sanar, una creencia limitante que eliminar, una energía que equilibrar o una frecuencia que elevar.
El mercado, además, recompensa la certeza. Es difícil vender una membrsia o una masterclass en doce cuotas con un «no lo sé; examinemos juntos el problema». La duda razonada produce menos publicidad que una fórmula definitiva. Por eso, el gurú contemporáneo no siempre vende conocimiento. Muchas veces le resulta más rentable vender seguridad. Y cuanto más insegura se siente una persona, más atractiva resulta la promesa de que alguien conoce exactamente el camino que debe seguir.
A mi juicio, la diferencia entre un maestro y un gurú no consiste simplemente en que uno aconseje y el otro no. Sócrates aconsejaba, los estoicos aconsejaban y prácticamente toda filosofía moral se pregunta, de una manera u otra, cómo debemos vivir. La diferencia está en el efecto que producen sobre nuestra libertad.
Un maestro legítimo ofrece razones, admite objeciones, reconoce los límites de su experiencia y acepta que su consejo quizá no sea aplicable a todos. Puede decir «no lo sé». Puede reconocer que se equivocó. Puede incluso aceptar que el discípulo llegue razonadamente a una conclusión diferente.
En cambio, el «mentor contemporáneo» funciona de otra manera. Transforma cualquier crítica en una prueba de que el discípulo todavía no está preparado, no tiene suficiente fe, presenta resistencia al cambio o no ha alcanzado el nivel espiritual necesario para comprender. De ese modo, su teoría se vuelve prácticamente imposible de cuestionar. Siempre tiene razón, especialmente cuando se equivoca.
Y aquí aparece otro problema: la dependencia.
Un maestro debería aspirar, paradójicamente, a volverse cada vez menos necesario. Si ha enseñado bien, el alumno debería adquirir herramientas para pensar, juzgar y decidir sin necesitar permanentemente su aprobación.
El gurú necesita exactamente lo contrario. Su autoridad depende de que el discípulo continúe sintiendo que todavía le falta una sesión, una masterclass, una iniciación, un curso avanzado o el siguiente nivel del método.
Por eso, el verdadero problema no consiste en que alguien intente enseñarnos cómo vivir. Después de todo, esa ha sido una de las grandes preguntas de la filosofía desde la Antigüedad. El problema comienza cuando alguien pretende poseer una fórmula universal para nuestra existencia y, al mismo tiempo, construye un sistema en el que nunca puede estar equivocado.
No se trata, entonces, de rechazar el nuevo estoicismo, el acompañamiento espiritual, la mentoría ni el coaching. Pueden existir buenos maestros, buenos mentores e incluso ejercicios que ayuden verdaderamente a una persona a comprenderse mejor. Se trata de no entregar a nadie jurisdicción completa sobre nuestra existencia.
Una persona puede conocer profundamente una técnica, una tradición religiosa, una filosofía o un área de la conducta humana sin conocer, por ello, cuál debe ser nuestro bien último. Puede incluso ayudarnos a comprender determinadas alternativas, pero eso no significa que deba decidir por nosotros.
Quizá la mejor enseñanza de Sócrates sea precisamente esta: la filosofía no debería ahorrarnos la tarea de vivir. Debería prepararnos para asumirla con mayor lucidez.
El maestro que vale la pena no es quien decide por nosotros y, menos aún, quien afirma poseer la «secreta y milenaria» receta del éxito. Es quien nos ayuda a comprender mejor las razones de nuestras decisiones para que, finalmente, podamos vivir sin necesitar que alguien nos diga constantemente cómo debemos hacerlo.
Referencia bibliográfica
Platón. (1985). Diálogos I: Apología, Critón, Eutifrón, Ion, Lisis, Cármides, Hipias menor, Hipias mayor, Laques, Protágoras (J. Calonge Ruiz, E. Lledó Íñigo, & C. García Gual, Trads.). Gredos.