Vivimos en una época en la que se habla constantemente de autoridad, liderazgo y representación. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntar qué significa realmente ser una autoridad moral. ¿Es suficiente ocupar un cargo? ¿Basta con conocer los textos sagrados? ¿O la verdadera autoridad consiste en algo mucho más profundo: vivir aquello que se enseña?
El filósofo contemporáneo Alasdair MacIntyre, en su libro Tras la virtud, ofrece una clave extraordinaria para comprender esta cuestión. Su crítica a la modernidad no se limita a denunciar la fragmentación del lenguaje moral; también muestra cómo las personas pueden terminar comprendiendo su propia identidad a partir de funciones sociales y personajes públicos, en lugar de hacerlo desde una vida moral unificada y orientada hacia el bien.
Después de leer este libro, senti la necesidad de mostrar cómo esta reflexión puede trasladarse al liderazgo religioso contemporáneo.
El individuo moral
Soy rabino; al menos, eso dicen los títulos que he recibido y el cargo que desempeño. No es una novedad para quienes me conocen. Sin embargo, estoy consciente de que, antes que rabino, soy una persona y eterno estudiante. Y, como tal, debo examinarme constantemente para saber si estoy siendo quien digo ser, si estoy limitándome a cumplir una función o si, peor aún, he comenzado a representar un personaje.
Estoy convencido —y así lo he aprendido durante una vida dedicada al estudio— de que el verdadero liderazgo religioso no debería definirse principalmente por el cargo que se ocupa, sino por la unidad entre aquello que se comprende, aquello que se enseña y, sobre todo, aquello que se vive. Porque la autoridad moral nace de la virtud, no simplemente del reconocimiento social.
En el pensamiento de MacIntyre, la vida humana adquiere sentido cuando puede comprenderse como una narración coherente orientada hacia determinados bienes. Las virtudes permiten mantener esa unidad narrativa frente a las presiones externas, los intereses particulares y las exigencias circunstanciales.
Desde esta perspectiva, el rabino auténtico no interpreta la Torá únicamente porque esa sea su profesión, sino porque procura orientar toda su existencia hacia la búsqueda de la verdad y del bien. En términos sencillos, la autoridad moral no es una función administrativa: es la consecuencia de una vida que intenta ser virtuosa.
Cuando el rol comienza a sustituir a la persona
Toda institución necesita funciones. Una comunidad religiosa requiere autoridades, maestros, administradores y personas capaces de tomar decisiones. El problema no comienza cuando el rabino cumple una función, sino cuando permite que las exigencias del cargo sustituyan su juicio moral y se conviertan en el criterio último de sus decisiones. En algunas comunidades, el rabino ajusta la enseñanza a los caprichos de la directiva, y en las redes sociales a la busqueda de likes.
En ese momento, su principal preocupación deja de ser qué exige la verdad y comienza a ser qué espera la comunidad o seguidores, qué conviene a la institución o qué fortalece su posición dentro del grupo. Las expectativas comunitarias no son necesariamente ilegítimas, pero se vuelven peligrosas cuando dejan de estar subordinadas al bien.
El individuo moral también puede cumplir una función institucional. La diferencia está en si gobierna el rol desde la virtud o si permite que el rol determine lo que debe pensar, decir y hacer. El problema, por tanto, no es la función, sino su separación de la finalidad moral que debería orientarla.
MacIntyre advierte que la modernidad ha producido una separación entre el ejercicio de determinadas funciones sociales y la búsqueda compartida del bien humano. Cuando esto ocurre, la autoridad se vuelve técnica, burocrática o meramente institucional y pierde progresivamente su fundamento ético.
Este fenómeno también puede observarse en los espacios religiosos. No se trata de cuestionar la existencia de las instituciones, sino de recordar que ninguna función puede sustituir la virtud y que ninguna responsabilidad comunitaria libera a la persona de su responsabilidad moral.
El personaje religioso
MacIntyre dedica un análisis especialmente crítico a ciertos personajes característicos de la modernidad, como el gerente, el terapeuta o el esteta. Aunque él no incluye al lider religioso entre estos ejemplos, su categoría puede ayudarnos a comprender una deformación posible del liderazgo religioso.
Lo importante no son solamente los ejemplos concretos, sino el fenómeno que representan: la aparición de figuras cuya legitimidad descansa más en el papel social que interpretan que en las virtudes que encarnan.
Algo semejante puede suceder con cualquier liderazgo religioso, en nuestro caso marticular el judaismo. Por ejemplo, cuando la imagen reemplaza a la integridad, el rabino deja de formar discípulos y comienza a administrar expectativas. En ese momento, la Torá corre el riesgo de convertirse en un instrumento para proteger posiciones, prestigios o intereses institucionales, en lugar de ser un camino hacia la verdad y la transformación moral.
El personaje no es simplemente una figura pública. Aparece cuando el rol comienza a absorber a la persona y la imagen proyectada se vuelve más importante que la vida real. Para conservar esa imagen, el líder puede sentirse obligado a proyectar permanentemente seguridad, sabiduría y coherencia, incluso cuando debería reconocer sus dudas, limitaciones o errores.
No siempre se trata de una búsqueda consciente de admiración. Incluso una persona sincera puede terminar prisionera de las expectativas que ella misma, su comunidad o su institución han construido en torno a su figura. Pero cuando la conservación de la imagen se vuelve prioritaria, la verdad comienza a resultar incómoda, porque reconocer un error parece amenazar la autoridad del personaje.
La consecuencia ética
Quizá una de las manifestaciones más visibles de esta crisis sea la creciente distancia entre el contenido moral de la tradición y determinadas conductas públicas de quienes dicen representarla.
Cuando observamos descalificaciones permanentes hacia otras religiones o hacia quienes piensan de manera diferente, enfrentamientos políticos transformados en guerras religiosas, desprecio hacia sectores enteros de la sociedad o incapacidad para reconocer errores, la pregunta inevitable no es únicamente qué interpretación halájica está en juego. La pregunta más profunda es otra:
¿Quién está hablando aquí? ¿Habla el individuo moral que busca comprender la verdad? ¿Habla el rabino que cumple una función institucional legítima? ¿O habla el personaje que necesita conservar su imagen y su posición?
Estas dimensiones no son necesariamente excluyentes. Un mismo rabino es una persona moral, desempeña una función y posee una imagen pública. La cuestión decisiva es cuál de ellas gobierna sus decisiones.
El individuo moral busca el bien y asume responsabilidad por sus actos. El funcionario cumple una función necesaria dentro de una institución. El personaje, en cambio, subordina progresivamente la verdad a la conservación de su imagen.
Por eso, la pregunta correcta no es en cuál de estas categorías se encuentra nuestro líder religioso, sino cuál de estas dimensiones predomina cuando habla, enseña y actúa.
Volver a la unidad entre vida y enseñanza
La tradición judía jamás entendió la sabiduría como una mera acumulación de conocimientos. El sabio debía ser un ejemplo vivo. La propia expresión talmid jajam, empleada para designar al sabio de la Torá, conserva una intuición fundamental: quien enseña nunca debería dejar de ser discípulo y estudiante.
Esto no significa que estudiar en una institución garantice por sí mismo la virtud. Una persona puede estudiar diariamente y, sin embargo, actuar con arrogancia, injusticia o desprecio hacia los demás.
Pero sí significa que un rabino nunca debería dejar de estudiar seriamente. Idealmente todo rabino debería dedicar parte de su día a estudiar en una yeshivá, un bet midrash o un kolel. Porque no puede limitarse a vivir de los conocimientos adquiridos en el pasado, de su semijá, de su cargo o del prestigio acumulado. Quien enseña debe continuar aprendiendo, revisando sus ideas y reconociendo que todavía tiene algo que recibir de otros.
En muchos ambientes religiosos de Israel, al rabino no se le pregunta solamente dónde estudió o quién le concedió la semijá. También se le pregunta dónde estudia actualmente. Esta pregunta no constituye una prueba definitiva de su carácter, pero expresa una intuición valiosa: la autoridad no debería sostenerse únicamente sobre lo que alguien aprendió ayer, sino también sobre su disposición presente a continuar aprendiendo.
Por eso, si queremos conocer mejor a nuestro rabino, no basta con preguntar qué título posee. También podemos preguntarle qué está estudiando ahora, con quién estudia, qué libros lo están desafiando y qué ideas lo han obligado recientemente a revisar sus propias convicciones.
Esta crítica también está dirigida hacia mí y hacia muchos de mis exalumnos egresados de Pirjei Shoshanim. La semijá no debe ser entendida como el final del estudio, sino como la responsabilidad de continuarlo con mayor seriedad y humildad.
Un rabino que deja de estudiar no pierde automáticamente su título ni deja de poseer los conocimientos adquiridos. Puede seguir siendo rabino desde el punto de vista institucional. Sin embargo, corre el riesgo de vaciar progresivamente su vocación, porque comienza a enseñar desde un capital acumulado y no desde una vida que continúa buscando la verdad.
Las distintas formas de autoridad
También es necesario distinguir entre autoridad institucional, competencia halájica y autoridad moral.
La autoridad institucional puede proceder de un cargo. La competencia halájica depende del conocimiento, el estudio y la capacidad de interpretar las fuentes. La autoridad moral, en cambio, se valida mediante las virtudes, el carácter y la coherencia entre vida y enseñanza.
Estas dimensiones deberían encontrarse unidas, pero no son idénticas. Un rabino puede presentar un argumento halájicamente correcto y, al mismo tiempo, comportarse de manera moralmente reprochable. Su conducta no convierte automáticamente en falso su razonamiento, pero sí debilita su credibilidad y, sobre todo, su capacidad para formar moralmente a otros.
En este punto, la crítica de MacIntyre y la tradición ética del judaísmo convergen de manera sorprendente. Ambas recuerdan que la virtud no puede separarse de la práctica cotidiana.
No basta con enseñar justicia; hay que actuar justamente. No basta con explicar la humildad; hay que vivir humildemente. Y, como rabino, no basta con citar de memoria la Torá: hay que permitir que la Torá transforme, en primer lugar, la propia vida.
Conclusión
La verdadera crisis del liderazgo religioso no consiste simplemente en la falta de conocimientos ni en la disminución de la religiosidad. Tampoco nace de la mera existencia de cargos, instituciones o funciones comunitarias. La crisis aparece cuando el rol deja de estar subordinado al bien, cuando la función sustituye al juicio moral y cuando el personaje público termina ocupando el lugar de la persona real.
Mientras la autoridad dependa principalmente del cargo o de la imagen pública, siempre existirá la tentación de sacrificar la verdad para conservar el reconocimiento. Por eso, quizá la pregunta más importante que todo líder religioso debería hacerse no sea cuántos seguidores tiene, cuánto prestigio posee o qué cargo ocupa, sino una mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más difícil:
¿Quién habla cuando enseño? ¿Habla el hombre que busca sinceramente el bien? ¿Habla el rabino que cumple una función necesaria, pero subordinada a la verdad? ¿O habla el personaje que necesita continuar siendo admirado?
De la respuesta a estas preguntas depende no solo la credibilidad del liderazgo religioso, sino también la posibilidad de que la tradición continúe siendo una auténtica escuela de virtud.
Kol tuv. R. Naftali E.