Confieso que hay preguntas que me producen una mezcla entre risa y un leve deseo de pedirle a la humanidad que respire hondo. No porque sean tontas, al contrario, algunas vienen cargadas de una gravedad filosófica digna de un simposio, sino porque muestran ese talento tan nuestro de arrastrar a Dios, la metafísica y nuestras angustias existenciales hasta los rincones más improbables del cosmos.
Porque claro, no basta con preguntarnos si hay vida en Marte. Eso sería demasiado sencillo. No, no: necesitamos saber si esa vida tendría alma, si un extraterrestre debería decir berajá, si podría hacer giur, si contaría para minyán, y por supuesto, la pregunta más urgente de todas, esa que me interesa mucho: si al final del universo habría espacio para abrir una sucursal de la Yeshivá Pirjei Shoshanim en Andrómeda. Total, si ya estamos especulando sobre seres interdimensionales, Ovnis, UAP o como se llame la moda terminológica de esta semana, ¿por qué no añadir también un poco de burocracia celestial y expansión educativa intergaláctica?
Pero dejando por un momento la comedia inevitable del asunto, la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿qué dice nuestra razón y religión sobre las entidades no humanas?
Racionalmente, no veo un problema por la posibilidad de vida inteligente desconocida. Más bien, el problema sería si este asunto lo vemos como un problema. Dios no es un anciano celestial administrando planetas desde una oficina metafísica. Dios no está «arriba», mirando si los humanos se portan bien y si los marcianos creen en Él. ¡Todo está en Dios, nada está fuera de Él!
Desde esta perspectiva, preguntar si podría haber seres transdimensionales no es una amenaza para Dios, sino casi una pregunta demasiado pequeña. Si la Naturaleza es infinita en potencia, ¿por qué tendría que limitar su expresión a este pequeño planeta, a esta especie tan orgullosa y confundida, capaz de escribir tratados de metafísica y al mismo tiempo pelear por estacionamientos?
El ser humano tiene una confusión espiritual bastante persistente, y es la de creer que toda gira en torno a él. Cree que el sol sale «para iluminarlo», que la lluvia cae «para bendecirlo», que las catástrofes ocurren «para castigarlo», y que el universo entero espera ansioso su opinión. Estimados, la Naturaleza no actúa por fines humanos. No hay un teatro cósmico montado para nuestra biografía emocional. La realidad no fue diseñada para confirmar nuestras supersticiones.
Por eso, si mañana descubriéramos vida inteligente no humana, yo no diría: «¡Qué crisis para la religión!». Diría algo más incómodo: «La crisis era creer que los humanos éramos el centro absoluto de la realidad».
Una humanidad guiada por la razón podría recibir la noticia de una civilización no humana, incluso más avanzada que la nuestra, con humildad, diciendo «no somos el centro, debemos aprender». Pero una humanidad dominada por el miedo, la imaginación y el dogmatismo probablemente lo convertiría en otra bandera de guerra.
Algunos dirían: «son demonios». (tal como ya lo dijo el vicepresidente de EE.UU. JD Vance)
Otros: «son ángeles».
Otros: «son prueba de que mi religión tenía razón».
Otros: «son amenaza para nuestra soberanía».
Otros: «hay que destruirlos antes de que nos destruyan».
Y otros, desde ideologías seculares, también podrían instrumentalizarlos: «son prueba de que toda tradición humana debe ser eliminada».
Y esto se debe a que el ser humano no sufre sólo por la ignorancia per se, sino porque convierte su ignorancia en identidad. Cuando una persona o una civilización vive desde ideas inadecuadas, no busca comprender la realidad; busca confirmar sus afectos, sus miedos y sus prejuicios. Entonces cualquier acontecimiento, incluso uno cósmico, será leído desde la esclavitud de la imaginación.
Y aquí, como judío, me parece que hay un punto esencial. El judaísmo auténtico, cuando no se reduce a folclore o miedo infantil, tampoco necesita defender un antropocentrismo vulgar. La Torá comienza con la creación del cielo y de la tierra, no con la creación del ego humano. El hombre aparece dentro de un orden anterior a él. No crea el mundo; lo recibe. No inventa la realidad; debe aprender a habitarla con responsabilidad. Incluso cuando el ser humano es presentado como imagen de Dios, esa dignidad no debería convertirse en narcisismo cósmico. Ser imagen de Dios no significa ser dueño caprichoso del universo; significa ser responsable ante el orden de lo real.
Por eso, las inteligencias no humanas no destruirían la fe. Destruiría, tal vez, ciertas formas infantiles de imaginar la fe. Y en mi opinión, eso no sería una tragedia. Sería una limpieza necesaria.
Si existen otras formas de vida racional en el universo, ellas no serían «competencia» del hombre, ni «enemigos teológicos», ni «prueba contra Dios». Serían otra expresión de la misma realidad divina. Otro modo en que la Naturaleza se dice a sí misma.
Ahora bien, ya puedo imaginar la pregunta inevitable: «¿Y tendrían Torá?». Creo que aquí conviene respirar. No todo debe convertirse inmediatamente en un seminario de halajá interplanetaria. Aunque admito que la imagen tiene cierto encanto: «Curso online de Masguiaj Kashrut para civilizaciones basadas en silicio, con Certificado válido para comunidades de Orión».
Fuera de la ironía, hay una distinción importante. La Torá fue dada a Israel dentro de una historia humana concreta. Tiene lenguaje humano, memoria humana, mandamientos dirigidos a una comunidad humana. Si existieran otros seres racionales, no necesariamente tendrían nuestra misma revelación, nuestra misma historia ni nuestras mismas categorías. Pero eso no significa que estén fuera de Dios. Significa, simplemente, que la realidad divina puede expresarse en órdenes que nuestra imaginación todavía no comprende.
El error sería pensar que Dios necesita copiar nuestras instituciones para ser Dios. Como si el Creador infinito tuviera que organizar el cosmos según nuestras carpetas administrativas.
Y he aquí el punto al que quería llegar: las formas de vida no humanas revelan nuestra relación con lo desconocido. Frente a lo desconocido, tenemos dos caminos. El primero es la superstición: llenar la ignorancia con miedo, fantasía, milagros baratos y explicaciones antropomórficas. El segundo es la razón: aceptar que no sabemos, investigar las causas, ampliar la comprensión y no confundir misterio con absurdo.
Muchos creen que la razón enfría la vida, que explicar algo es quitarle belleza. Yo pienso exactamente lo contrario. La superstición empobrece el mundo porque lo reduce a nuestros miedos. La razón lo engrandece porque nos permite contemplar su necesidad, su orden, su profundidad. Un universo con vida extraterrestre no sería menos Divino; sería más vasto.
El verdadero enemigo del asombro no es la razón. Es la imaginación desordenada que necesita convertir cada ignorancia en espectáculo. En el fondo, si lo pensamos bien, esto nos obliga a una humildad radical. No somos el centro del cosmos. No somos una excepción metafísica. No estamos fuera de la Naturaleza. Somos parte de ella. Pensamos, deseamos, amamos, nos equivocamos y buscamos sentido dentro de un orden que nos excede infinitamente.
Y, sin embargo, esa humildad no nos rebaja. Al contrario, nos dignifica. Porque si somos parte de una creación Divina, entonces conocer algo verdadero es participar, aunque sea de manera finita, en la inteligibilidad de Dios. Comprender una causa, ordenar una pasión, abandonar una superstición, mirar el cielo sin infantilismo, todo eso es una forma de elevación.
Así que, si algún día aparecen seres inteligentes no humanos, espero que lo primero que hagamos no sea preguntar si vienen a destruir la religión, sino si estamos preparados para abandonar nuestras pequeñas idolatrías del ego.
Mientras tanto, quizá la enseñanza, por hora, es que la humanidad debe prepararse para descubrir que no es el centro del cosmos, sin por eso perder su responsabilidad moral dentro del cosmos. Y ese sería un gran avance. Porque no se trata sólo de saber si «ellos» existen. Se trata de saber si nosotros podemos dejar de comportarnos como tribus asustadas que convierten todo en ídolo, enemigo o bandera.
En el fondo, debemos ser capaces de decir: «No somos el centro. No somos los únicos. Tal vez ni siquiera somos los más inteligentes. Pero seguimos siendo responsables de cómo vivimos, de cómo tratamos al otro y de cómo buscamos la verdad».