Después de ver en YouTube a unos «iluminados» que, con una seguridad casi mística y textos en mano, aseguran que la Torá y otros escritos religiosos llevan milenios proclamando la existencia de vida extraterrestre, no puedo más que maravillarme. La creatividad narrativa de estos pseudo-kabalistas, gurús del coaching espiritual y demás iluminados profesionales es realmente digna de estudio. Siempre tienen una respuesta para todo, como si el universo entero fuera una sala de escape diseñada para que ellos lo resuelvan en directo.

Estoy convencido de que, con su dominio absoluto de la gematría, serían capaces de demostrar sin pestañear que 2+2 = 22. Y seguramente añadirían que «si no lo entiendes, es porque aún no estás listo».

Desde que Estados Unidos comenzó a desclasificar información sobre los famosos UAP, Ovnis, Vida no Humana, etc., han aparecido, como hongos después de la lluvia, los inevitables «expertos religiosos de turno». Pseudo-kabalistas, numerólogos, teólogos improvisados y comentaristas bíblicos de TikTok nos vienen a explicar, con una seguridad casi sacerdotal, que la Torá, la Biblia o «los antiguos sabios» siempre hablaron claramente de vida extraterrestre, seres interdimensionales o inteligencias no humanas.

Claro (según estos), siempre estuvo ahí. Sólo que curiosamente nadie lo dijo con claridad antes de que el Pentágono, la NASA o algún exfuncionario norteamericano pusieran el tema sobre la mesa. Qué casualidad tan mística.

Es el viejo arte de comentar el partido con el periódico del lunes. El domingo nadie sabía nada. El lunes, milagrosamente, todos son expertos. El domingo nadie se atrevía a decir: «la Torá enseña, en tal o tal verso, claramente la existencia de civilizaciones no humanas». Pero el lunes, después del informe, después del documental, después del titular, después del video viral, entonces sí: «nuestros sabios ya lo sabían». Por supuesto. Siempre lo supieron. ¡Sólo esperaban a que el Pentágono les diera permiso!

No tengo problema con que alguien se pregunte si el judaísmo permite pensar la existencia de vida no humana en el universo. Esa es una pregunta legítima, incluso necesaria, es más, mi posición es que la vida más allá de nuestra realidad planetaria o dimensional es perfectamente válida y no contradice la creencia en Dios. El problema aparece cuando una posibilidad teológica se transforma en espectáculo hermenéutico. Una cosa, es decir: «la Torá no excluye necesariamente la existencia de otras formas de vida». Otra muy distinta, es decir: «está clarísimo en tal versículo, en tal código secreto, en tal gematría, en tal palabra invertida del tercer renglón del comentario de no sé quién». Ahí ya no estamos ante interpretación. Estamos ante prestidigitación religiosa.

La interpretación seria exige método, contexto y humildad. Solicita reconocer cuándo el texto dice algo, cuándo el texto permite pensar algo, y cuándo simplemente estamos metiendo nuestras obsesiones modernas dentro del texto sagrado. Porque no todo lo que a mí se me ocurre después de ver un documental de Netflix estaba escondido en la Torá desde Sinaí.

La Torá no necesita convertirse en una enciclopedia de astronomía moderna para ser profunda. No necesita anticipar cada descubrimiento científico para tener valor. Tampoco necesita hablarnos de agujeros negros, inteligencia artificial, microbiología, física cuántica o civilizaciones de Andrómeda para ser Torá. Pretender que cada fenómeno moderno ya estaba «codificado» en el texto bíblico no engrandece la Torá, más bien la empobrece. La transforma en una especie de horóscopo sagrado donde cada uno encuentra lo que quiere encontrar.

Y esa es precisamente la trampa: la lectura retroactiva. Primero aparece el fenómeno cultural. Luego aparece el intérprete. Después aparece el versículo. Y finalmente aparece la frase mágica: «como ya dijeron nuestros sabios». Pero cuando uno pregunta dónde, cómo, en qué contexto, con qué método, con qué continuidad interpretativa, la respuesta suele ser una nube de palabras: secretos, niveles profundos, Sod, energía, frecuencia, códigos, dimensiones. Es decir, mucho humo y poco texto.

Yo no niego la posibilidad de vida extraterrestre. De hecho, me parece bastante razonable pensar que en un universo tan inmenso la vida no tiene por qué ser patrimonio exclusivo de este pequeño planeta lleno de guerras, ideologías, fanatismos y gente que todavía discute en redes sociales como si estuviera revelando los secretos del cosmos. Lo que critico es la deshonestidad intelectual de quienes sólo interpretan después de los hechos y luego pretenden presentarse como guardianes de una sabiduría milenaria.

Si mañana se muestran pruebas irrefutables de vida inteligente no humana, no faltaría quien diga que ya estaba anunciado en Bereshit, en Yejezkel, en Daniel, en el Zóhar, o en las letras finales de un versículo tal. Dirían estos, ¡esta clarísimo!, porque si sumamos el valor numérico de la palabra bereshit al valor numérico de un hongo alucinógeno llamado Psilocybe cubensis da como resultado la gematría de la palabra extraterrestre. (Aclaración: este ejemplo es ironía)

De todas formas, si, por el contrario, pasado mañana se descubre que no eran extraterrestres, sino drones, fenómenos atmosféricos o errores de sensores, también encontrarán un texto que lo confirme. Porque esa es la ventaja de no tener método, ya que de esta forma uno nunca se equivoca.

Hablando en serio, el judaísmo no necesita eso. La tradición judía tiene herramientas mucho más profundas para enfrentar esta pregunta. Puede pensar la creación sin reducirla al ser humano. Reconociendo que Dios, entendido de manera no infantil, no es propiedad tribal de nuestra especie. El judaísmo puede enseñarnos humildad cósmica, recordarnos que el hombre no es necesariamente el centro geométrico del universo, aunque se comporte como si lo fuera.

Desde una mirada maimonideana, deberíamos ser cuidadosos, porque la Torá habla en lenguaje humano, para formar al ser humano moral, espiritual e intelectualmente. No es un manual de ufología. Y desde una sensibilidad racionalista, diría que, si existe vida no humana, también ella pertenece al orden infinito de la realidad, a la misma Naturaleza, al mismo Dios entendido no como un anciano cósmico que administra platillos voladores, sino como la totalidad necesaria de lo real.

El tema central, por lo tanto, no es si podemos encontrar extraterrestres escondidos entre las letras de la Torá, sino mas bien, si nuestra teología está preparada para dejar de ser tan antropocéntrica, narcisista, y provinciana. Porque quizás el verdadero escándalo no sea descubrir que hay vida inteligente fuera de la Tierra, sino descubrir que, fuera de la Tierra, la inteligencia existe con menos soberbia que aquí.

Mientras tanto, seguirán apareciendo los profetas del lunes. Los que nunca anuncian nada antes, pero siempre lo explican todo después. Los que no interpretan la Torá, sino los titulares. Los que no leen el texto sagrado, sino que solo se remiten a leer la prensa, a esperar la moda, y luego buscar un versículo que les sirva de disfraz religioso.

Así cualquiera es un iluminado, Gurú o kabalista.