Hay una forma de decadencia que no hace ruido. No empieza con ejércitos entrando por las fronteras, ni misiles cayendo desde el cielo, ni tampoco con ciudades terremoteadas. Empieza de una manera mucho más sutil y solapada. Y esto es cuando una sociedad deja de llamar a las cosas por su nombre.
Hoy se repite con mucha seguridad que «el lenguaje crea realidad». Incluso ha sido muy usada en la religión para perpetuar la superstición y obediencia. La frase suena profunda, incluso moderna. Parece una declaración de libertad, porque si cambiamos las palabras, cambiamos el mundo, si modificamos los nombres, modificamos las estructuras, y provocamos el nacimiento de una nueva realidad. ¡wow que mágico!
Pero en mi opinión ahí está uno de los errores filosóficos más graves de nuestra época: confundir el nombre de la cosa con la cosa misma.
Antes de continuar, quiero aclarar que no niego que el lenguaje tenga poder. Sería absurdo. Las palabras educan, hieren, orientan, consuelan, levantan pueblos o los destruyen. Una sociedad no puede existir sin lenguaje, porque sin el no hay memoria, ley, tradición, enseñanza ni transmisión de valores. Pero una cosa es decir que el lenguaje interpreta la realidad, y otra muy distinta es decir que la realidad nace del lenguaje. Ese es el salto, que en mi opinión no es legítimo.
Hasta hace no mucho, el lenguaje era el instrumento con el cual intentábamos nombrar lo real. Hoy, muchas veces, se pretende que el lenguaje sea el creador de lo real. Ya no se pregunta primero qué es una cosa, cuál es su naturaleza, cuáles son sus causas, cuáles son sus límites. Primero se le pone un título, y sólo después se obliga a la realidad a entrar dentro de ese título. Tal como hoy muchos creen que es suficiente nombrar a un perro como gato, para que éste mágicamente pase de una especie a otra.
Llevada esta lógica ciertos discursos contemporáneos, su similitud es bastante simple. Por ejemplo, si algo se llama «progreso», entonces automáticamente deberíamos aceptar que es algo bueno. Si algo se llama «inclusión», entonces no puede ser discutido. Si algo se llama «derecho», entonces que a nadie se le ocurra preguntar por sus límites. Y el favorito del momento: si se llama «identidad», entonces cualquier objeción mágicamente se convierte en violencia. Señores, ¡Ponerle un nombre noble a una idea no la vuelve verdadera!
Desde el punto de vista lógico, esto es una trampa. Se asume como verdadero precisamente aquello que debería demostrarse. Si una sociedad niega criterios comunes de verdad, entonces las disputas públicas ya no se resuelven por adecuación a lo real, sino por imposición discursiva. Quien controla el lenguaje controla la imposición discursiva. En otras palabras, en una sociedad que niega criterios comunes de verdad, triunfa quien controla el lenguaje.
Nuestra sociedad Occidental está en plena crisis, y no precisamente porque «los de afuera» lo estén atacando, ojalá fuera tan fácil. Siempre hay quien busca un culpable externo para explicar la decadencia, pero el problema de fondo está en casa. Hemos ido perdiendo los valores que alguna vez sostuvieron nuestra civilización. Cosas tan básicas como la verdad, la responsabilidad, la familia, la ley, el deber, la dignidad humana, la idea de trascendencia y una libertad que no era hacer lo que uno quiere, sino hacerse cargo. Pero claro, es más cómodo mirar por la ventana que al espejo.
No digo que Occidente haya sido perfecto, sería ridículo sostener algo así. Ha habido guerras, abusos, injusticias y contradicciones. Pero al menos había una brújula moral: algo desde donde incluso sus propios errores podían ser juzgados. Existía una diferencia entre lo que quiero y lo que debo, entre mi deseo y la realidad. Hoy, en cambio, parece que todo eso hubiera pasado de moda. Donde algunas corrientes políticas han relativizado casi todo en nombre de la libertad. Pero cuando todo se relativiza, todo puede ser redefinido por el lenguaje, y el populismo se llena de propaganda. Y es ahí cuando el lenguaje ya no ilumina, sino que, por el contrario, encubre la realidad.
La metafísica clásica nos enseña una distinción que es fundamental. Una cosa es la definición nominal y otra la definición real. La definición nominal nos dice qué significa un nombre. Puede ayudarnos, pero también puede alejarnos de la cosa. La definición real, en cambio, intenta decir qué es realmente la cosa. No se conforma con la etiqueta. Busca la esencia, la causa, la estructura de la realidad. Esa diferencia, que parece académica, hoy es urgente.
Porque vivimos rodeados de definiciones nominales convertidas en dogmas sociales y políticos. Palabras que suenan bien, pero que muchas veces no describen nada con precisión. «Progreso», «inclusión», «igualdad», «diversidad», etc. Todas pueden sonar bien a nuestros oídos. Pero también pueden convertirse en máscaras si no preguntamos qué significan realmente, a qué realidad corresponden, qué límites tienen y qué efectos producen. Porque una sociedad seria no puede vivir sólo de palabras bonitas. Necesita verdad.
Hace un tiempo, en una clase de metafísica, el profesor nos contó que en una universidad de México un alumno planteó la idea de que, en realidad, 2+2 = 22. Su argumento era que seguir sosteniendo que esta suma es igual a 4 ya no puede considerarse una verdad absoluta. Según él, la realidad es relativa, y seguir insistiendo en esa solución sería una postura dictatorial y poco tolerante.
Uno puede decir que 2+2=22. Puede repetirlo en redes sociales, enseñarlo en una universidad, convertirlo en consigna política y acusar de intolerante a quien diga que 2+2=4. Pero cuando llegue el momento de construir un edificio, esa falsa aritmética no sostendrá ni una pared. La naturaleza no negocia con ideologías, ni la matemática se deja intimidar por consignas. La realidad no obedece porque alguien le puso otro nombre.
Y esto vale también para la vida moral, religiosa, política y cultural. Es posible cambiar las etiquetas, pero las consecuencias permanecen. También es habitual presentar como progreso cualquier ruptura, aunque no toda ruptura mejore nada. Y por supuesto, es común disfrazar de justicia el resentimiento, pero el resentimiento no deja de ser resentimiento por más que lo maquillemos de virtud.
Los hombres creen ser libres porque son conscientes de sus deseos, pero ignoran las causas que los determinan. Y eso describe muy bien nuestra época. Muchos creen pensar libremente, cuando en realidad repiten los afectos dominantes de su grupo. Creen defender justicia, pero muchas veces solo administran resentimiento. Por ejemplo, socialistas y fascistas denuncian alguna forma de opresión. Pero finalmente, mediante el «nuevo lenguaje» lleno de slogans y eufemismos, ambos terminan generando nuevas formas de obediencia.
Cambiar el nombre de una cosa no cambia su naturaleza. Eso pertenece a la imaginación, no al entendimiento. Una sociedad dominada por consignas no piensa, más bien reacciona. Porque una cosa es discutir la realidad y otra muy distinta es reemplazarla por consignas. El verdadero progreso no consiste en negar la realidad, ni consiste en ponerle nombres nuevos a viejos errores, sino en ordenar la vida según la verdad y la razón.
Porque si el lenguaje se separa del ser, solo produce entes de razón, es decir, ideas que existen en la mente, pero que no necesariamente existen en la realidad. Y el gran peligro moderno es tomar esos entes de razón (ideas mentales) como si fueran realidades objetivas. Como si imaginar una categoría bastara para crear una naturaleza. Como si repetir una palabra bastara para cambiar la estructura del mundo. Las fake-news, y las minutas partidistas, son un claro ejemplo de este concepto. Porque miente-miente, que algo queda. Por eso, no todo lo pensable es real, y menos, todo lo que cabe en una consigna puede sostener una sociedad.
Nuestra sociedad occidental nació cuando aprendió que la razón debía dialogar con la ética y moral, que la ley debía limitar al poder, que la dignidad humana no dependía del Estado, y que la verdad no podía fabricarse por decreto. Si pierde eso, puede seguir teniendo universidades, tecnología, elecciones, redes sociales y discursos llenos de palabras hermosas. Pero será una cáscara vacía.
Porque una sociedad, como la nuestra, no cae solamente cuando pierde guerras. También cae cuando pierde la capacidad de decir entre lo que es verdadero o falso. Si ya nadie se atreve a decirlo, entonces el problema no es que estemos cambiando, sino que ya no sabemos qué queremos conservar. Y una sociedad que no sabe qué debe conservar, tarde o temprano tampoco sabrá qué está perdiendo. Por eso, frente a esta época de etiquetas, consignas y falsa aritmética moral, prefiero que antes de poner un título o un rótulo a la cosa, analicemos su realidad.
Porque el que quiera decir que 2+2=22 puede hacerlo. Pero que no construya mi casa. Y mucho menos de lecciones en mi sociedad.