«Todos los hombres poseen apetito de buscar lo que les es útil, y de ello son conscientes»

Israel está peleando una guerra por su existencia. Y esto no es novedad, lo venimos haciendo desde nuestro nacimiento como pueblo. Y esta realidad marca una diferencia fundamental que muchos en Washington, en Europa y aun dentro de ciertos sectores judíos cómodamente instalados en la diplomacia internacional no logran comprender. Para ellos, Medio Oriente es un tablero de intereses, contratos armamentísticos, petróleo, elecciones, imagen pública, negocios futuros, etc. Para nosotros, en cambio, no se trata de una partida geopolítica abstracta. Se trata de vivir o desaparecer. Y si, suena categórico, hasta un poco dramático, pero es nuestra realidad, y es por eso, que creo que no hay pueblo en la tierra que pueda comprendernos.

Por eso no debería sorprendernos cuando Trump actúa según la lógica de Trump. Él no piensa como Ben Gurión, ni como Begin, ni como un soldado israelí que sabe que detrás de cada decisión militar hay familias, ciudades, kibutzim, niños y ancianos, que pueden ser asesinados si el enemigo conserva su capacidad de fuego. Trump piensa en términos de negociación, espectáculo, beneficio, presión y mucho ego. Puede ser aliado circunstancial, pero no padre, no guardián, no amigo, y menos un redentor. Y cuando un Estado entrega su destino a un líder extranjero, aunque ese líder se presente como «amigo», ya comenzó a perder parte de su libertad.

En esta oportunidad también hay una tragedia interna. Como dice el dicho, «no hay peor astilla que la del mismo palo». A veces el mal consejo no viene de un enemigo declarado, sino de quienes, aun teniendo vínculo judío por nombre, familia o historia, han perdido toda conexión profunda con la ética, la responsabilidad y la visión moral de la Torá. No basta ser judío biológicamente para pensar judíamente. Ni es suficiente tener apellido Kushner, parentesco o cercanía familiar con quien ostenta el poder para comprender qué significa Israel. El pueblo de Israel no puede dejarse aconsejar por personas cuya brújula no está puesta en la vida del pueblo judío, sino en salones de poder, cálculos económicos o ambiciones personales.

Estados Unidos e Israel pueden estar en el mismo campo militar, pero no siempre están en la misma guerra. Y esta es la realidad actual. Estados Unidos pelea por influencia, por dinero, por equilibrios regionales y por sus propios intereses imperiales. Israel pelea porque Irán, Hezbolá, Hamás y sus aliados han dicho con suficiente claridad que quieren borrar nuestra existencia. Para Washington, un acuerdo malo puede ser una jugada táctica. Para Israel, un acuerdo malo puede convertirse en cementerios, refugios, evacuados y otra generación traumatizada.

La historia debería enseñarnos algo. En 1948, cuando el Estado apenas nacía, Israel enfrentó la invasión de ejércitos árabes sin que ninguna gran potencia enviara soldados a morir por nosotros. Hubo armas, hubo apoyos parciales, pero la guerra la peleó el pueblo judío con sus propias manos. En 1967, cuando Egipto cerró los estrechos, movilizó tropas y el cerco se estrechaba, Israel no esperó que otros vinieran a salvarlo. Actuó primero, destruyó la amenaza aérea enemiga y venció en seis días. En Entebbe, Israel no pidió permiso moral al mundo para rescatar judíos secuestrados; fue, actuó y demostró que la vida judía no se negocia con terroristas. En 1981, cuando Irak construía Osirak, Begin entendió que había amenazas que no se denuncian solamente en conferencias internacionales: se destruyen antes de que maduren. En 2007, frente al reactor sirio, Israel volvió a actuar con silencio, precisión y soberanía.

Esa es la lección que quiero dejar de manifiesto: Israel sobrevive cuando recuerda que su seguridad no puede depender de aplausos extranjeros. Los amigos son útiles, las alianzas son necesarias, la diplomacia por supuesto que tiene valor; pero ninguna alianza reemplaza la voluntad nacional de defenderse. El día en que Israel crea que otro país ama más la vida de nuestros hijos que nosotros mismos, ese día habremos confundido amistad con dependencia, y será un paso hacia el abismo.

Por eso, y ya que pronto se avecinan unas nuevas elecciones, mi recomendación es que no se trata de votar por quien hable más bonito, ni por quien prometa mejores fotos con presidentes extranjeros. Hay que votar por quien entienda esta verdad simple y dura: «Israel no puede confiar su existencia a ningún pseudoamigo». Puede cooperar y escuchar, pero la última palabra sobre su seguridad debe ser israelí. Porque cuando el enemigo quiere exterminarte, la ingenuidad no es virtud, más bien es un harakiri político.

Israel debe despertar. Aunque creo que Trump nos ha ayudado estas últimas semanas a hacerlo. Y despertar no significa odiar al mundo y aislarse, sino para dejar de mendigar comprensión y apoyo. Nadie entiende del todo a Israel porque nadie vive permanentemente bajo la amenaza de ser borrado del mapa. Nosotros sí. Y precisamente por eso, solo nosotros podemos decidir hasta dónde llegar para seguir existiendo.

Por lo tanto, no hay traición cuando los intereses y los valores son distintos. No puede exigirse lealtad entre dos pueblos cuando uno pelea por un botín y el otro por su supervivencia. Mucho menos cuando sus principios éticos y morales marchan en direcciones opuestas. En ese escenario, la conclusión es evidente: solo quienes asumen con plena conciencia la identidad, la responsabilidad histórica y el destino colectivo de Am Israel pueden defender sus intereses con firmeza, sin miedo y sin disculpas.

¡Am Israel Jai!