El judaísmo no cree en el mesías cristiano, ni comparte los dogmas centrales de su fe. Eso, para nosotros, los judíos, es claro, legítimo y no necesita ser escondido. Pero una cosa es afirmar con honestidad nuestras diferencias, y otra muy distinta es transformar esas diferencias en insulto, desprecio o provocación.
Escribo así de claro, porque en mi opinión, declaraciones despectivas hacia otra creencia no fortalecen al judaísmo. Al contrario, lo debilitan. Presentan nuestra tradición como si fuera una trinchera de odio y no una escuela de sabiduría. Opiniones despectivas hacia las figuras centrales de otra creencia, hacen parecer que la fidelidad a la Torá exige despreciar al otro. Y eso, además de ser moralmente pobre, es filosóficamente equivocado. No habría mucha diferencia con aquellos políticos que, en vez de hacer prevalecer sus propias virtudes e ideas, intentan derrotar al contrincante ensuciando su honra.
Por eso considero que, cuando las personas religiosas caen en esa dinámica, se evidencia en ellas una confusión lógica muy profunda. Que un texto sea autoridad dentro de una tradición religiosa no significa que tenga autoridad universal para todos los seres humanos. Nosotros, como judíos, no estamos obligados a aceptar el Nuevo Testamento, los dogmas cristianos o las categorías teológicas de otra religión. Del mismo modo, no podemos obligar a los cristianos a aceptar como vinculantes nuestras fuentes rabínicas. Por lo tanto, usar nuestros textos para insultar la figura central de otra fe, como si eso cerrara la discusión, no es un argumento racional, por el contrario, es una apelación interna convertida en arma externa. En simple, eso no es pensamiento; es dogmatismo.
La religión puede elevar al ser humano cuando lo conduce a la justicia, la caridad, la paz y el dominio racional de las pasiones. Pero, mal guiada, la religión también puede degradarlo cuando queda capturada por el miedo, la superstición, el odio y el deseo de dominar. Porque cuando una persona usa su tradición no para comprender mejor la realidad, sino para humillar al otro, ya no está actuando desde una idea adecuada, sino desde una pasión confusa.
El insulto nunca nace de la comprensión clara. Nace de la imaginación confundida, del miedo, de la identidad cerrada sobre sí misma, del deseo de sentirse superior a otro grupo. Por eso desconfío de los discursos religiosos que convierten la piedad en persecución. Porque allí donde se dice defender a Dios, muchas veces sólo se está defendiendo el ego de una un líder o de una ideología.
Y esto es especialmente grave cuando viene de alguien que ostenta un cargo o rol de liderazgo. Por ejemplo, un rabino, no debe ser simplemente alguien que sabe citar textos, sino que debe saber cuándo, cómo y para qué se citan los textos. La sabiduría no consiste en repetir fuentes antiguas sin discernimiento, sino en comprender su función, su contexto y sus consecuencias. Hay textos que pertenecen a polémicas históricas, a contextos de persecución, a debates internos o a lenguajes de otra época. Sacarlos de allí para lanzarlos como piedras contra millones de creyentes contemporáneos no es valentía intelectual. Es irresponsabilidad.
Además, nosotros, el pueblo judío, conocemos demasiado bien el precio de la demonización religiosa. Durante siglos hemos sido acusados, deformados, caricaturizados y perseguidos en nombre de textos ajenos. Sabemos lo que ocurre cuando una religión habla de otra sin justicia, sin matices y sin humanidad. Por eso, precisamente nosotros, deberíamos ser los primeros en cuidar el lenguaje. No por debilidad, sino por memoria. Ni tampoco por relativismo, sino por responsabilidad moral. No se trata de ser buenista, como alguien me dijo, sino prudente, virtud que está muy escasa hoy en día. Porque no necesitamos aceptar la fe cristiana para respetar a los cristianos. Ni tampoco necesitamos creer en su mesías para entender que millones de personas encuentran en él inspiración, moral y ética. Y no necesitamos renunciar al judaísmo para hablar con dignidad de quienes piensan distinto. Porque la verdad no necesita insultar para existir.
Si una idea es verdadera, puede ser defendida con razón, honestidad, claridad, pero sobre todo con serenidad. Porque cuando alguien necesita rebajar al otro para afirmar su propia fe, tal vez el problema no está en la fuerza de su tradición, sino en la debilidad de su comprensión.
También hay una consecuencia práctica que no podemos ignorar. Este tipo de declaraciones no quedan encerradas en una sala de estudio. Circulan en redes, se traducen, se recortan, se viralizan y terminan alimentando animadversión contra los judíos. En tiempos donde el antisemitismo crece con facilidad, hablar de manera provocadora sobre la figura central del cristianismo no sólo es imprudente: es peligroso. Un líder religioso debe medir el efecto público de sus palabras. Porque la libertad de expresión no elimina la responsabilidad por el daño que puede producir una expresión innecesariamente ofensiva.
Por eso creo, que afirmar la identidad judía no exige atacar otras religiones. La Torá, el Talmud, ni ninguno de nuestros textos judíos se engrandece cuando se la usa como instrumento de desprecio. El judaísmo tiene una riqueza intelectual, ética y moral inmensa, pero reducir esa herencia a una frase ofensiva contra otra fe es empobrecerla. Mi crítica, entonces, y para no alargar más este comentario, no nace de una postura complaciente ni de un falso universalismo. Nace precisamente del amor por el judaísmo. Porque creo que nuestra tradición debe ser defendida con inteligencia, no con fanatismo. Podemos transmitirla con firmeza, pero no con odio. Y podemos debatir, pero con argumentos, y sin la necesidad de recurrir a las provocaciones. Incluso, podemos decir con claridad: «yo no comparto tu creencia», o que «mi tradición entiende este tema de otro modo».
Podemos incluso discutir teológicamente con profundidad. Pero no necesitamos insultar, y mucho menos convertir la diferencia en enemistad. Porque la verdadera fortaleza espiritual e intelectual no está en gritar más fuerte, sino en comprender mejor. Y la verdadera fidelidad a Dios no se demuestra despreciando a quienes lo buscan por otro camino, sino actuando con honestidad, y sobre todo, con mucho Shalom-paz. Porque cuando la religión deja de conducir al ser humano hacia la razón, la compasión y la convivencia, se convierte en una pasión más. Y cuando una pasión se disfraza de «verdad religiosa», se vuelve una de las formas más peligrosas del fanatismo. Así que, por lo tanto, termino con la siguiente aclaración «las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de quienes las manifiestan y no reflejan necesariamente la postura de todas las personas a quienes dicen representar».