Hay dos tesis que, a mi juicio, explican buena parte de la tensión moral y política que vive el Estado de Israel. La primera dice: «todo deber ser sigue al ser». La segunda afirma exactamente lo contrario: «ningún deber ser se sigue de un ser».
Dicho de manera simple, para una visión religiosa o teleológica, si el ser humano tiene una esencia y una naturaleza, entonces hay deberes que nacen de aquello que el ser humano es. No somos puro deseo, ni únicamente individuos eligiendo entre opciones de mercado. Lo que significa que hay una forma más elevada de vivir, una dirección, un ideal de humanidad.
Mi primera tesis es profundamente judía. El judaísmo no mira al ser humano como un accidente biológico sin sentido, sino como una criatura llamada a elevarse, a guiar sus impulsos, a vivir con responsabilidad, en otras palabras, a santificar la existencia. Desde esta perspectiva, la Halaja (ley), los Minhaguim (la tradición y la moral) no son simples creaciones arbitrarias, sino caminos para proteger algo esencial del alma humana. Pero esto no está exento de peligro.
Cuando alguien cree conocer la esencia humana, puede sentirse autorizado a imponerla desde arriba. Y cuando el ideal religioso se convierte en política coercitiva, deja de educar y comienza a dominar. Una cosa es proponer una vida religiosa elevada moral y espiritualmente; otra muy distinta es obligar a todos a vivirla por decreto estatal. Un estado teocrático esta al límite de una dictadura religiosa.
Mi segunda tesis, que es más moderna y más empírica, dice que el hecho de que algo sea, no se deduce automáticamente que deba ser obligatorio. Que una tradición exista no significa que el Estado tenga derecho a imponerla. Que una comunidad considere santa una práctica no significa que todos deban ser forzados a cumplirla. Y esta idea protege algo fundamental: la libertad.
La libertad nos recuerda que la vida moral auténtica no nace del miedo al castigo, ni de la presión social, ni de la vigilancia del gobierno ni de una comunidad religiosa específica. Nace de la convicción. Y, en ese sentido, el mundo laico también tiene algo importante que enseñarle al mundo religioso. La enseñanza es que no toda verdad debe transformarse inmediatamente en legislación. Pero esta segunda tesis tiene su propio riesgo. Si se absolutiza, puede dejar a la sociedad sin alma común, sin horizonte, sin búsqueda del bien. Todo se vuelve utilitarismo, derecho individual, subjetividad, etc. Y una sociedad no puede vivir solo de neutralidad. También necesita memoria, símbolos, límites, educación moral, responsabilidad colectiva.
Por eso creo que el estado de Israel, necesita ambas tesis. No se trata de pelear, sino de aceptar que esas tensiones son necesarias. El religioso mira hacia el cielo, y recuerda que el ser humano tiene una vocación, que la vida no se reduce a comodidad, consumo o materialidad. El laico mantiene los pies en la tierra, recordando que ningún ideal, por más noble que sea, debe imponerse por la fuerza del Estado.
El desafío no es elegir entre cielo y tierra. El desafío es aprender a vivir con ambos.
Israel necesita una identidad judía lo suficientemente fuerte como para no disolverse en una democracia vacía de memoria. Pero también necesita una democracia lo suficientemente fuerte como para impedir que la identidad judía se transforme en imposición religiosa. Y para ello tenemos la Torá.
La Torá puede y debe inspirar, educar, formar, elevar, etc. Pero cuando la Torá se refugia demasiado en la política, es porque quizás algo falló en la pedagogía espiritual.
El puente, entonces, no está en negar el ideal religioso ni en despreciar la libertad moderna. Está en comprender que el cielo debe orientar, pero la tierra debe limitar. Porque una sociedad sana necesita tanto altura moral, como también humildad política.
Kol tuv