Desde que comencé a trabajar en Pirjei Shoshanim, en más de una ocasión he escuchado directamente de algunos alumnos que sus propios rabinos les han recomendado estudiar, pero no programas avanzados de halajá. El argumento suele ser que “no son adecuados para su formación”. En ciertos casos, quizás algunos rabinos sí tenían razones sólidas basadas en el conocimiento personal de sus comunitarios. Pero una vez me tocó un caso que fue mucho más allá.
Uno de estos rabinos me llamó directamente para pedirme que aceptara a uno de sus alumnos, pero que, incluso si completaba el curso, no le otorgara el título. ¿El motivo? Según él, no era conveniente que obtuviera la Semijá, porque podría convertirse en un problema para su gestión comunitaria. Pero ¿qué ocurre si ese alumno realmente tenía las capacidades, y por un egoísmo disfrazado de «preocupación», su rabino terminó frenando el desarrollo de un posible líder comunitario? Nunca lo sabremos, porque finalmente, debido a esa situación, el alumno prefirió no matricularse.
Aprendí de mi Rabino, que el verdadero estudio de la Torá no consiste simplemente en escuchar clases de halajá, guemará o musar. Eso es valioso, sin duda, pero no constituye un estudio real. El estudio auténtico, ese que impulsa al alumno a crecer y avanzar, es aquel que lo obliga a enfrentarse directamente con una hoja de guemará, con el Shulján Aruj, con las fuentes mismas. Conformarse con escuchar cómo otro hace el esfuerzo y entrega el conocimiento ya digerido solo fomenta la autocomplacencia y la pereza intelectual.
El problema es que hay muchos rabinos que solo quieren tener gente que los escuche, sin promover el estudio profundo. No desean que sus alumnos progresen ni avancen en el estudio de la Torá. Buscan seguidores, no estudiantes. Esto es algo que vengo observando hace tiempo, especialmente en ciertas comunidades de latinos aquí en Israel. Por eso, no lo digo desde la teoría, sino desde la experiencia de ver alumnos, baalei teshuvá y personas en procesos de conversión que entran al mundo de la Torá con hambre real de aprender, de crecer, de entender, pero que muchas veces terminan encerrados en una relación de dependencia casi absoluta con su rabino.
El problema no es que una persona necesite un maestro. Todos necesitamos maestros. Nadie entra al Talmud, a la Halajá o al pensamiento judío como quien abre un periódico. La Torá exige guía, método, paciencia y transmisión. El problema aparece cuando el maestro, en vez de abrir caminos, se convierte en el camino, o en vez de enseñar a estudiar, enseña solamente a escucharlo a él, y peor aún, cuando en vez de formar criterio, forman obediencia emocional.
Y aquí está, a mi juicio, una de las grandes fallas de ciertos modelos rabínicos actuales: muchos rabinos no están formando alumnos independientes, sino alumnos dependientes. Enseñan Torá, sí. Dan shiurim, sí. Explican fuentes, sí. Pero no entregan las herramientas para que el alumno pueda algún día abrir un texto por sí mismo, leer una Mishná, una Guemará, un Rambam, un Shulján Aruj, una responsa, y comenzar a pensar con orden.
El alumno siempre queda esperando «el próximo shiur», «la próxima explicación», «lo que dijo el rabino», «lo que el rabino permite», «lo que el rabino piensa». Y así, sin darse cuenta, deja de estudiar Torá para convertirse en consumidor de discursos religiosos. Eso no es educación. Eso es dependencia con lenguaje sagrado.
Un verdadero maestro no debería necesitar que sus alumnos dependan eternamente de él. Al contrario, debería alegrarse cuando un alumno comienza a caminar solo. Así como un padre no educa a su hijo para que viva toda la vida bajo su sombra, sino para que pueda sostenerse, pensar, trabajar y decidir con responsabilidad, también un rabino debería formar alumnos que puedan crecer más allá de su presencia.
La misma tradición judía enseña que un padre debe enseñar a su hijo un oficio. ¿Por qué? Porque amar a un hijo no es mantenerlo infantilizado. Amar a un hijo es darle herramientas para vivir. Es prepararlo para que no dependa siempre del pan del padre, ni de su bolsillo, ni de su permiso para cada paso de la vida.
Con la Torá ocurre algo parecido. Un rabino que ama de verdad a sus alumnos no busca que lo necesiten para siempre. Busca que aprendan a estudiar, a preguntar, a comparar fuentes, a distinguir entre una opinión y una obligación, entre una costumbre y una halajá, entre una emoción religiosa y un argumento serio.
Pero eso exige del maestro humildad y honestidad intelectual. Porque formar alumnos independientes significa aceptar que un día tal vez ya no te van a preguntar todo. Significa aceptar que pueden madurar, disentir, profundizar, incluso superar al maestro en ciertos temas. Y no todos los rabinos soportan eso. Algunos necesitan el círculo de admiradores. Necesitan sentirse indispensables, y que todo pase por ellos. Es entonces cuando la enseñanza deja de ser servicio y se transforma en honor personal.
Y cuando la Torá se usa para alimentar el honor del maestro, algo se corrompe. Porque la Torá no fue entregada para crear pequeños imperios personales, ni comunidades donde el alumno nunca aprende a pensar. La Torá fue entregada para elevar al ser humano, para formar personas responsables, conscientes, capaces de vivir delante de Dios con inteligencia, temor reverente y libertad interior.
Esto se vuelve especialmente delicado en procesos de conversión. Una persona que se acerca al judaísmo suele estar en una posición vulnerable. Quiere aprender, quiere ser aceptada, quiere hacer las cosas bien. Si el rabino no tiene cuidado, puede convertir esa vulnerabilidad en dependencia, o hacer que el converso sienta que su judaísmo siempre está condicionado a la aprobación emocional del maestro. Y eso es peligroso.
Lo mismo ocurre con muchos baalei teshuvá. Personas que retornan al judaísmo con entusiasmo, pero que muchas veces no reciben una formación seria y ordenada. Se les enseña qué hacer, pero no siempre por qué hacerlo, y lo más grave, es que se les enseña a obedecer, y no a comprender. Y sin comprensión, la religión puede volverse infantil.
No estoy diciendo que cada persona deba transformarse en posek o en erudito talmúdico. Eso sería absurdo. No todos tienen el mismo tiempo, capacidad o vocación. Pero sí creo que todo judío debería recibir herramientas básicas para no vivir espiritualmente secuestrado. Saber estudiar una fuente, saber hacer una pregunta, aprender a reconocer cuándo algo es halajá y cuándo es costumbre, saber que la Torá no pertenece a un solo rabino ni a una sola institución.
Un buen rabino no teme que sus alumnos estudien, tampoco no teme que pregunten. Y un buen rabino no teme que lean otras fuentes. Al contrario, los empuja a crecer. Les dice: «No te quedes solo con lo que yo digo. Abre el texto. Mira adentro. Aprende a pensar».
Porque el objetivo de la enseñanza no es producir seguidores eternos, sino formar personas capaces de servir a Dios con madurez. Porque la grandeza de un maestro no se mide por cuántos alumnos dependen de él, sino por cuántos alumnos aprendieron a caminar gracias a él.
Y quizás esta sea una pregunta incómoda que muchos rabinos, y me incluyo, deberíamos hacernos: ¿estamos enseñando Torá para liberar inteligencias o para conservar audiencias? ¿Estamos formando discípulos o consumidores? ¿Estamos acercando personas a Dios o acercándolas a nuestra propia imagen rabínica?
Para mí, un verdadero rabino debe parecerse más a un padre que enseña un oficio que a un líder que necesita admiradores. Debe entregar método, fuentes, disciplina, amor por el estudio y, sobre todo, libertad responsable. Porque cuando un alumno aprende a estudiar por sí mismo, no se aleja de su maestro. Al contrario, honra realmente lo que recibió de él.
Por supuesto, la responsabilidad no puede recaer únicamente en el rabino. Cada persona debe asumir, con verdadera seriedad, el compromiso de crecer en el estudio de la Torá y romper de una vez por todas con la dependencia espiritual. El avance personal no ocurre por inercia, al contrario, requiere decisión, esfuerzo y sobre todo la voluntad real de crecer.
Por lo tanto, y sin ánimos de ofender nadie en particular, mi opinión es que el maestro mediocre busca ser imprescindible, en cambio, el verdadero maestro quiere que la Torá sea la imprescindible. Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, lo cambia todo.
Kol tuv