Cuando las instituciones que deberían ser faros de valores y estudio se transforman en simples engranajes de alineamiento político-religioso, el daño trasciende lo teórico y golpea la convivencia afectiva de la sociedad. Al final del día, como dice el dicho «en casa de herrero, cuchillo de palo»: quienes deberían enseñar la paz de la Torá terminan afilando la polarización y alimentando un estigma que, lamentablemente, salpica a todos los religiosos por igual.

El núcleo del problema no es solo una falta de moral individual, sino una falla estructural donde la lógica del control secuestra la espiritualidad. Es la vieja historia del «perro del hortelano: ni come ni deja comer»; estas facciones ideológicas no solo abandonan su propósito esencial, que es la búsqueda de la verdad y el conocimiento genuino, sino que impiden que la religión cumpla su rol de elevar la potencia de obrar de la comunidad.

Un yeshivá, escuela religiosa, o cualquier centro de formación convertido en comando político-religioso es, en la práctica, una confesión de impotencia intelectual. Como alguna vez escuche en una clase de Pensamiento Político, a veces lo que está en juego depende más de las tácticas de los ejecutores que de las demandas mismas. Es por eso, que, si no recuperamos la independencia y el rigor, corremos el riesgo de que la fe deje de ser un camino de libertad para convertirse en una simple bandera de facción, oscura y divisoria.

Cuando un centro educacional deja de operar como un espacio de estudio y formación para devenir un centro de «adoctrinamiento», estamos frente a una desnaturalización absoluta de su propósito. Este desplazamiento encaja con un diagnóstico clásico: el poder suele servirse del lenguaje religioso para orientar la conducta colectiva, no mediante la comprensión racional, sino mediante afectos de miedo y obediencia. En la oscuridad de la confusión intelectual, algunos «líderes» aprovechan de vender fanatismo ciego bajo el disfraz de piedad.

Si lo religioso se utiliza para producir adhesión por temor al castigo, la religión pierde su función ética-formativa, esa que debería aumentar nuestra potencia de obrar bien, y se reduce a una mera herramienta de dominio. Esto sería como sustituir la libertad que nace del entendimiento por la servidumbre de los afectos pasivos.

Una institución educativa que abandona el rigor del estudio por la consigna política termina por demostrar que, en vez de estar formando ciudadanos maduros y éticos, terminan entregando individuos incapaces de pensar por sí mismos, debilitando la salud de todo el cuerpo social.

Mi crítica no apunta a la existencia del pensamiento político dentro de los centros de educación religiosa, pues somos, por naturaleza, seres políticos, sino a que la institución funcione como un engranaje que impone un marco ideológico cerrado. Esto se vuelve especialmente crítico cuando instituciones, como algunas yeshivot o centros educativos, dependen, aunque sea en parte, del financiamiento estatal, administrados por los mismos partidos políticos fanatizados, quedando subyugadas a una agenda ideológica-religiosa clara y definida. Como dice el refrán, «el que paga la música, elige el baile»: al recibir fondos públicos, estas instituciones corren el riesgo de convertirse en meras reproductoras de una «doctrina oficial» útil al orden de turno.

Bajo este mecanismo, los partidos políticos, por más religioso que sean, y que en teoría siguen la paz y el bien común, la experiencia muestra que realmente no buscan fomentar el conocimiento genuino, sino reprimir los talentos individuales al imponer preceptos y creencias que le interesan para su propio fortalecimiento. Pero el punto central no es solo quién firma el cheque, sino el efecto devastador que esto produce: la represión de la pluralidad intelectual y la imposición de un pensamiento único.

Si la yeshivá se orienta a producir uniformidad política, reduce el estudio a una pedagogía de consigna y pertenencia, olvidando que la verdadera función de la Torá es elevar nuestra potencia de obrar para el bien de la sociedad, y no servir de bando militar. Al final, cuando la educación se rinde ante el financiamiento condicionado por la ideología, lo que se pierde no es solo la autonomía, sino la capacidad misma de pensar con rigor y libertad.

Debemos considerar que la conducta de una facción fanatizada no queda encerrada en su propio grupo; por el contrario, se proyecta sobre «todos los religiosos», generando una fractura dolorosa en Am Israel. El problema es que la polarización se simplifica en etiquetas y la hostilidad se vuelve un afecto social disponible para cualquiera. Al final, «pagan justos por pecadores»: por una facción de fanáticos adoctrinados, todos terminamos perjudicados, no por una equivalencia moral, sino por un contagio afectivo que alimenta el estigma.

Hoy, muchos de esos «líderes» y «referentes» se rasgan las vestiduras lamentando la rebeldía de quienes deberían ser la base de un pueblo que lucha día a día por sobrevivir. Sin embargo, «hay que mirar el cristal con que se mira»: algunos pretenden justificar el autoritarismo bajo la idea de que la «simple obediencia» es un camino de salvación para quienes no alcanzan la virtud por la razón. Podrían decir que no es adoctrinamiento, sino una pedagogía para sostener la piedad. No obstante, cuando la obediencia no nace de una ética orientada a la virtud, sino que es una obediencia política-religiosa fabricada por el fanatismo, perdemos el norte. Este mecanismo no deja espacio para la libertad de pensar y termina por destruir la paz social.

Cuando el estudio es capturado por dogmatismos políticos-religiosos, el resultado no es una mayor religiosidad, sino una devoción vacía y una paz comunitaria herida. Lo que cínicamente se presenta como defensa de lo sagrado termina produciendo exactamente su contrario: una religión que deja de iluminar para convertirse en una simple bandera de facción. A fin de cuentas, en el momento en que debiéramos fortalecer la unión del pueblo, estos métodos solo logran alejarnos de la meta.

En conclusión, solo me queda agregar que mi opinión no constituye un ataque a la religiosidad, sino una denuncia firme contra su instrumentalización. Cuando una institución destinada al estudio se degrada hasta convertirse en una fábrica de adhesión política, no solo se erosiona la confianza interna, sino que se multiplica la hostilidad social hacia todo un grupo, haciendo que «otros carguen con la culpa». Ya lo hemos visto: cuando el lenguaje se pudre y se aleja de la razón, la Torá deja de iluminar y se vuelve una simple bandera de facción.

La tarea urgente es volver a trazar una línea clara: por un lado, la devoción y la educación que aumentan nuestra capacidad de obrar bien; por otro, el control por miedo y la captura de afectos pasivos que solo generan superstición y dependencia. Porque la libertad es la comprensión de la necesidad, y nadie que actúe movido por el temor o fanatismo puede llamarse verdaderamente libre. Donde esa distinción se borra, la comunidad se rompe y el «odio interno» toma el mando. Donde se restituye, se reabre la posibilidad de una paz basada en la comprensión y la libertad. Sigamos educándonos con rigor, porque, a fin de cuentas, «el conocimiento genuino es tan escaso como excepcional»