Cada vez que afirmamos que algo es bueno o malo, aparece una pregunta inevitable: ¿por qué? ¿Por qué debo ayudar al necesitado? ¿Por qué no debo dañar al otro? ¿Qué convierte una norma moral en algo más que una preferencia personal o una costumbre cultural? En una sociedad donde conviven convicciones religiosas, filosóficas y políticas muy distintas, la exigencia de fundamentar la moral parece razonable. Sin embargo, detrás de esa exigencia puede esconderse una suposición problemática: que nada nos obliga mientras no haya sido demostrado.

Jean Grondin cuestiona precisamente esa idea. A su juicio, hemos heredado una manera cartesiana de pensar el fundamento: buscamos un principio completamente seguro desde el cual podamos deducir, paso a paso, todas nuestras obligaciones. Como si antes de reconocer que el sufrimiento del otro nos concierne tuviéramos que esperar la conclusión de un silogismo.

Grondin invierte el problema: no somos nosotros quienes fundamentamos enteramente la moral; en cierto sentido, «es la moral la que nos fundamenta» (Grondin, 2005, p. 107). El bien ya está presente en el horizonte desde el cual juzgamos, dialogamos y convivimos. Incluso cuando intentamos justificar racionalmente una conducta, suponemos que la verdad es preferible al engaño, que debemos escuchar al interlocutor y que una razón válida vale más que una manipulación. La argumentación moral nunca comienza desde un vacío moral.

Esto no significa que debamos renunciar a la razón ni convertir cualquier sentimiento en una norma. Significa algo más preciso: la razón no crea desde cero el campo moral sobre el cual reflexiona. El «no matarás» no necesita esperar una fundamentación científica para interpelar nuestra conciencia. El rostro del vulnerable nos obliga antes de que hayamos construido una teoría completa sobre la justicia.

Pero aquí aparece un riesgo. Si afirmamos que la moral se encuentra en un trasfondo previo, ¿no terminamos aceptando cualquier intuición como válida? ¿No abrimos la puerta al relativismo?

Rabenu Bejaye ibn Pekuda ofrece un correctivo necesario. Para él, la fe recibida no debe permanecer como una repetición mecánica. Quien posee capacidad intelectual tiene también el deber de investigar racionalmente aquello que cree (Ibn Pekuda, 2017, pp. 129-135). La tradición orienta, pero la razón profundiza, examina y fortalece esa orientación. Una convicción heredada que nunca ha sido pensada puede derrumbarse ante la primera objeción seria.

R. Moshe Jaim Luzzatto agrega una dimensión diferente. En Derej Hashem, la moral se comprende dentro de una visión metafísica: la creación tiene como finalidad comunicar el bien, y el ser humano debe adquirir su perfección mediante elecciones libres y racionales (Luzzatto, 2003, pp. 15, 21). El bien no es una invención arbitraria, sino parte de la estructura y finalidad de la existencia humana. Nuestras acciones, además, no solo afectan al mundo exterior; también nos transforman. Obrar bien forma a la persona, mientras que obrar mal produce insensibilidad y deficiencia.

Los tres autores no dicen lo mismo, y sería un error armonizarlos artificialmente. Grondin habla del horizonte previo del sentido; Ibn Pekuda insiste en la investigación racional de la fe; Luzzatto sitúa la vida moral dentro de un orden metafísico y teleológico. Sin embargo, juntos permiten establecer una distinción fundamental.

Si por fundamentar entendemos demostrar toda la moral desde un punto exterior, neutral y absolutamente seguro, entonces probablemente no sea posible ni necesario hacerlo. Nadie necesita probar primero que el dolor de un niño importa para sentirse responsable ante él. Pero si fundamentar significa comprender nuestras convicciones, dar razones, revisar prejuicios y examinar la manera en que aplicamos nuestros principios, entonces sí: fundamentar la moral es una tarea indispensable.

A mi juicio, la madurez moral comienza cuando evitamos dos extremos. Por una parte, la pretensión de que ninguna obligación existe hasta que la filosofía consiga demostrarla. Por otra, la comodidad de decir: «esto es bueno porque así lo siento» o «porque siempre me lo enseñaron».

La moral no nace de nuestras argumentaciones, pero nuestras argumentaciones pueden purificarla de la arbitrariedad, el fanatismo y la incoherencia. No necesitamos una prueba definitiva para comenzar a ser responsables. Sí necesitamos pensar para no convertir nuestras certezas en instrumentos de injusticia. Tal vez la pregunta correcta no sea si la moral tiene fundamento, sino si estamos dispuestos a comprender responsablemente aquello que ya nos obliga.

Referencias bibliográficas

Ibn Pekuda, B. (2017). Jobot Halebabot: Los deberes de la conciencia (Parte I; R. Yehudá ibn Tibón, trad. del árabe al hebreo; ed. bilingüe hebreo-español). Editorial Jerusalem de México.

Grondin, J. (2005). Del sentido de la vida: Un ensayo filosófico. Herder.

Luzzatto, M. J. (2003). El camino de Dios: Derej Hashem (I. Fadda, Trad.). Jerusalén.