No sé si ustedes están de acuerdo conmigo, pero casi siempre he escuchado que ser sabio consiste en poseer respuestas. Es decir, el sabio sería aquel que sabe qué decir cuando los demás no saben. También se dice que sabios son aquellos que tienen la capacidad de guardar en su memoria una enorme cantidad de información para utilizarla cuando la necesiten. Pero quizás hemos entendido mal dónde se encuentra realmente la sabiduría.
Cada vez creo, con más certeza, que la verdadera inteligencia no está principalmente en las respuestas, sino en las preguntas que somos capaces de formular.
Porque si observamos nuestro entorno con atención, las respuestas, de alguna manera, siempre han estado ahí, incluso aquellas que aún no conocemos. Por ejemplo, la realidad nos muestra que la naturaleza estaba allí antes de Newton. Los planetas se movían antes de que los observara Kepler. El cuerpo humano funcionaba antes de que existiera la medicina moderna. Y como muy bien sabemos los judíos, la Torá estaba escrita mucho antes de ser revelada. Por lo tanto, la realidad no comienza cuando comenzamos a comprenderla, sino cuando cambia nuestra capacidad de preguntar.
Tal como comprendió Newton, las piedras (o manzana) caen al suelo desde que existen estas junto a la gravedad. Es así como millones de seres humanos vieron caer objetos durante miles de años, pero en algún momento, alguien que no se conformó con solo observar, se preguntó ¿por qué?. Es así, que se nos revela que la diferencia no estaba en el fenómeno, sino en la pregunta.
Quizás algo parecido ocurre con casi todo conocimiento humano. Hay cosas que tenemos delante nuestro, durante años, sin realmente verlas. Y un día aparece una pregunta diferente y aquello que siempre estuvo allí comienza a mostrarnos algo nuevo. Por eso una buena pregunta puede ser intelectualmente más valiosa que cien respuestas. Porque una respuesta termina momentáneamente una investigación, en cambio, una buena pregunta la comienza. Y esto me parece especialmente importante ahora que vivimos rodeados de inteligencia artificial.
Una de las críticas frecuentes a la inteligencia artificial es que volverá intelectualmente perezoso al ser humano, ya que bastará preguntarle todo a una máquina. Si bien el temor no es completamente absurdo, ya que evidentemente alguien puede utilizar la IA para evitar pensar. Pero tal como escribí en unos artículos anteriores, hay algo que no debemos olvidar: la pereza intelectual no nació con las IAs. Siempre existió.
Es por eso por lo que la cuestión siempre es qué capacidad estamos delegando y para qué.
Aunque la inteligencia artificial puede convertirse en un sustituto del pensamiento, para los perezosos, también puede convertirse en un potenciador del pensamiento, para los sabios. Puede ayudarnos a comparar argumentos, descubrir contradicciones, encontrar posibilidades que no habíamos considerado, formular objeciones contra nuestras propias ideas y explorar un problema desde perspectivas diferentes. Pero para que eso ocurra necesitamos conservar algo que ninguna tecnología debería quitarnos: la responsabilidad de preguntar. Y en mi opinión ahí está la verdadera sabiduría.
Por eso nuestra ventaja intelectual ya no dependerá únicamente de cuánto podemos almacenar en nuestra memoria. Dependerá cada vez más de nuestra capacidad para distinguir lo importante de lo irrelevante, pero, sobre todo, de nuestra capacidad para formular preguntas que valga la pena responder.
Tal vez Sócrates tenía razón en algo fundamental: «la filosofía (el amor al saber) comienza cuando dejamos de conformarnos con las respuestas que creemos conocer».
Por eso no creo que debamos tener miedo de una máquina que puede ofrecernos millones de respuestas. Me preocuparía mucho más una humanidad que dejara de hacer preguntas. Porque mientras sepamos preguntar, la IA podrá ser una herramienta extraordinaria. Pero el día en que dejemos que también formule por nosotros todas las preguntas, entonces sí tendremos un problema.
Por lo tanto, el problema, finalmente, no es cuánto sabe la inteligencia artificial, sino, qué clase de seres humanos queremos ser frente a todo ese conocimiento disponible. Y esa, por ahora, sigue siendo nuestra principal pregunta.
Kol tuv, R. Naftali E.