Muchas personas, que están en una búsqueda genuina de la verdad siguen un recorrido por distintas escuelas de pensamientos, religiones, etc, todo con la intención valorable de buscar aquello que consideran el verdadero objeto de la espiritualidad: la sabiduría y el conocimiento de Dios. Pero al encontrar un lugar que les hace sentido o les otorga tranquilidad, dejan progresivamente de investigar la verdad y comienzan simplemente a admirar a sus maestros por sobre la enseñanza misma. Comienzan a repetir sus historias (sipurim), copiando la forma de hablar, repitiendo incluso anécdotas personales. Todo esto llevando al alumno al punto de considerar únicamente verdadero aquello que han recibido de su maestro. Así ha sido durante toda la historia, y lo podemos comprobar al escuchar de las escuelas identificadas con el nombre de sus fundadores. (Aclaro antes de continuar que el problema no es tener maestros, sino comenzar a reemplazar la búsqueda de la verdad por el maestro mismo).

La realidad muestra que las religiones también pueden convertirse en una especie de franquicia espiritual. Tenemos maestros, instituciones, comunidades, movimientos, libros, cursos, estilos de vestir e incluso formas particulares de hablar. Poco a poco podemos terminar identificándonos más con quien enseña una idea que con la verdad de la idea misma.

Haciendo una pasada rápida por YouTube, es evidente como la imitación de estilos, formas de hablar con sus modismos, incluso la tonalidad ceremoniosa, es repetida casi idéntica: alumnos imitando estéticamente a sus maestros o influencer preferido, y repitiendo interpretaciones bíblicas como si fueran la última verdad, ¡porque el Sod/secreto que estaba oculto, ahora por su intermedio se nos es revelado!

El problema es que cuando se imita un prototipo de líder, y se deja de preguntar por ejemplo «¿esto es verdad?», y la persona comienza a preguntar «¿quién lo dijo?», entonces se está más cerca de ser un imitador ciego, que un buscador de la verdadera sabiduría.

Cuando una comunidad religiosa se organiza alrededor de personalidades, el creyente corre el riesgo de transformarse en seguidor. Después en admirador. Finalmente, casi en fan. Ya no necesita pensar demasiado, porque alguien comprende por él. Y que decir sobre cuestionar, porque la respuesta correcta ya fue determinada de antemano.

Y en mi opinión, entregar a otro el ejercicio de pensar es una forma de renunciar a una parte esencial de nuestra humanidad.

El Tanaj parece advertir precisamente contra una religiosidad semejante. El profeta Isaías critica a quienes se acercan a Dios con los labios mientras su corazón permanece distante, convirtiendo su temor de Dios en «mitzvat anashim melumadah», es decir, «una enseñanza humana aprendida mecánicamente» (Isaías 29:13). El problema no es la tradición ni el aprendizaje en sí, el verdadero problema es que aquello que debería ser comprensión y conciencia puede convertirse simplemente en repetición.

También, el libro de Proverbios propone buscar la sabiduría «como plata» y perseguirla «como tesoros» para alcanzar entendimiento (Proverbios 2:3-5). Esto significa que la sabiduría, no aparece como algo que otro puede pensar definitivamente por mí. Buscarla es el primer y quizás uno de los más importantes requisitos.

Además, podemos llevar esta idea un paso más adelante, proponiendo que ninguna autoridad puede apropiarse completamente del juicio humano y que una sociedad, o comunidad religiosa, sana debe permitir que sus miembros utilicen la razón libremente y sin restricciones. Porque la finalidad de la sabiduría es la búsqueda de la verdad.

Cuando una institución necesita que las personas dejen de pensar para conservar su autoridad, algo está profundamente equivocado. Y esto me obliga también a pensar qué estamos construyendo en Pirjei Shoshanim y en Academia Etzem.

Nuestro proyecto no tiene como principio aumentar seguidores, sino aumentar mentes que pregunten. Sería muy fácil para nosotros llenar las redes sociales con enseñanzas de Kabalá, recetas mágicas para la superación de la pobreza, la salud, el amor, etc, etc, etc. pero no, nuestro objetivo es ayudar a cada estudiante en su búsqueda personal, guiarles, pero nunca controlarles y menos pautear su verdad.

No queremos alumnos que terminen un curso pensando exactamente como yo u otro rabino de la yeshivá. Preferiría que aprendieran a leer una fuente, formular una objeción, distinguir entre argumento y autoridad, reconocer cuándo no saben algo y, sobre todo, tener el valor intelectual de cambiar de opinión cuando encuentran mejores razones. Porque un buen maestro no debería fabricar discípulos intelectualmente dependientes.

Por eso, quizás el éxito de una institución educativa no debería medirse solamente por cuántas personas logra reunir, sino por cuántas personas salen de ella necesitando menos que alguien piense por ellas. Y llevado esto a la religión, una que teme a las preguntas, probablemente ha dejado de confiar en la verdad.

Por eso sigo creyendo que la búsqueda de la sabiduría no consiste en repetir ideas de manera mecánica, como si el simple hecho de reproducir una enseñanza nos convirtiera en portadores del conocimiento. La verdadera sabiduría radica en no dejar nunca de buscar la verdad, en mantener viva la inquietud que impulsa a cuestionar, comprender y profundizar más allá de lo aprendido.

Kol Tuv, R. Naftali E.