Esta escrito en Vaykra (levítico) 23:24: «Así hablarás al pueblo de Israel: En el séptimo mes, el primer día del mes, guardaréis un descanso completo, una ocasión sagrada que se conmemorará con fuertes toques de trompeta»
Una lectura simple de este verso de la Torá nos presenta el primer día del séptimo mes, es decir, Rosh Hashaná, no como una jornada cargada de fórmulas mágicas ni sobrenaturales, ni menos acompañada de amuletos o supersticiones. La instrucción ordenada por Dios es mucho más sobria. Porque tal como ordena la Torá, este será un día de descanso, una conmemoración mediante el sonido del shofar y una reunión sagrada.
Para muchos, quizás esta forma de ver la fiesta es simplista y hasta «aburrido, insípido, etc.». Pero quizás precisamente ahí, en la serenidad de su conmemoración se encuentra su fuerza.
El sonido del shofar no necesita ser convertido en algo místico para que tenga un significado especial. Si observamos bien, la Teruá (uno de los sonidos del shofar) es una interrupción. Es un sonido que rompe la rutina y nos obliga a prestar atención.
Durante gran parte del año vivimos en modo automático, sin pensar mucho nuestros movimientos. El dia a dia nos lleva a repetir conductas sin preguntarnos demasiado hacia dónde nos están llevando. Es entonces cuando llega Rosh Hashaná y la Torá dice, en términos simples que debemos detenernos y recordar.
Recordar no es un simple ejercicio mental que busca únicamente traer el pasado a la memoria. Sino que es algo mucho más profundo, significa recuperar conciencia de quién soy, qué estoy haciendo, y principalmente hacia dónde quiero dirigir mi vida.
Rosh Hashaná también nos enseña que, si continuamos pensando de la misma manera y repitiendo los mismos hábitos, probablemente obtendremos resultados muy similares. Esperar un año diferente sin modificar nada de nosotros sería contradictorio. Y el verdadero cambio comienza cuando somos capaces de preguntarnos con honestidad: ¿qué estoy haciendo bien o mal? ¿en qué me estoy convirtiendo?... etc. Es por eso por lo que Rosh Hashaná puede ser, entonces, precisamente una nueva oportunidad para volver a elegir.
Por eso creo que Rosh Hashaná puede comprenderse de una manera profundamente racional y práctica: no como un día destinado a modificar mágicamente el destino, sino como una oportunidad para revisar las causas que están moldeando nuestra vida actual. Aunque resulta más atractivo para las emociones humanas pensar que en Rosh Hashaná podemos, mediante segulot (acciones simbólicas de origen místico), amuletos o meditaciones cabalísticas, alterar la realidad de este día, entiendo, desde la misma Torá, que no es así. El objetivo es mucho más simple y, a la vez, más profundo. Porque la simplicidad y serenidad conduce a la contemplación, y este ejercicio exige un esfuerzo mental y espiritual considerable. Solo quien necesita una estimulación física‑sensitiva mayor que su desarrollo espiritual‑intelectual requiere objetos o rituales especiales para sentir que «está haciendo algo». En cambio, una persona habituada a la contemplación y a la razón espiritual encuentra suficiente su pensamiento y su calma interior para saber que está realizando lo necesario para la ocasión.
Por lo tanto, no necesitamos comenzar el año buscando señales ocultas sobre lo que ocurrirá. Tal vez sea mucho más importante preguntarnos qué podemos hacer para que aquello que ocurra encuentre en nosotros una persona más reflexiva, bondadosa, justa, pero especialmente consciente y responsable de sí mismo y su prójimo.
Y quizás esa sea una de las formas más auténticas de comenzar un año nuevo: no preguntándonos solamente qué nos traerá el año, sino qué clase de persona llevaremos nosotros hacia él, porque «El shofar no cambia nuestra vida por nosotros. Nosotros debemos cambiarla»
Shana Tova uMetuká, R. Naftali E.