Hoy, terminado ya Rosh Hashaná, y en medio de los Aseret Yemei Teshuvá¹ (los diez días dedicados al arrepentimiento) me he puesto a reflexionar sobre el nivel real de compromiso que tenemos con una conducta ética y moral. Me pregunto si nuestras acciones están guiadas por factores externos, como la esperanza de una recompensa o el temor a un castigo, o si, en cambio, brotan de una voluntad auténtica que nace desde lo más profundo de nuestro ser.

También pienso en si nuestras súplicas y actos de búsqueda de perdón divino se han convertido en una repetición mecánica que repetimos año tras año, o si realmente pronunciamos cada súplica con kavaná (intención), sintiendo de verdad las palabras que recitamos día a día en la Tefilá (rezo). Y aunque a primera vista la pregunta parece sencilla, si somos sinceros con nosotros mismos, la respuesta es mucho más compleja de lo que creemos.

Una persona puede actuar correctamente por diferentes motivos. Puede abstenerse de robar porque teme un castigo, porque espera recibir una recompensa divina, o simplemente, porque comprende que robar es injusto. En la práctica, a la luz de lo que vemos externamente, el resultado puede ser exactamente el mismo: no roba. Sin embargo, desde el punto de vista de la virtud, no parece razonable afirmar que todas estas motivaciones poseen el mismo valor moral. Porque en mi opinión, la conducta verdaderamente virtuosa no consiste solamente en realizar el bien, sino en comprenderlo y quererlo como bien.

Analicemos bien la situación. Quien actúa principalmente por temor al castigo o esperando recompensa realiza materialmente una acción correcta, pero permanece moralmente dependiente de una motivación externa para actuar en consecuencia. La virtud alcanza un grado superior cuando se hace lo correcto porque se reconoce racionalmente que es justo.

En la Mishná Avot, Antígono de Sojó escribió: «No sean como siervos que sirven al amo con el fin de recibir recompensa, sino como siervos que sirven al amo sin el fin de recibir recompensa» (Pirkei Avot 1:3). La enseñanza de esta Mishná no rechaza el cumplimiento de las mitzvot (mandamientos), sino que cuestiona la motivación contractual, es decir, hacer algo únicamente por aquello que espero recibir a cambio. El Talmud profundiza esta idea al interpretar la expresión «se deleita mucho en Sus mandamientos» afirmando: «en Sus mandamientos, y no en la recompensa de Sus mandamientos» (Avodah Zarah 19a). Por lo tanto, se aprende de aquí que el objeto del deseo debe ser la mitzvá misma y no el beneficio que pueda derivarse de ella.

El libro de Iyov (Job) refuerza de manera clara la misma idea. El Satán pregunta: «¿Acaso Iyov teme a Dios gratuitamente?» (Iyov 1:9). La pregunta pone bajo sospecha una devoción sostenida por la recompensa. Porque hasta ese momento, Iyov era justo, pero también había sido muy bendecido. Por el eso el Satán pregunta: ¿Continuará siendo justo cuando desaparezcan esas bendiciones?

Ahora bien, más allá del problema clásico de porque sufren las personas justas, el relato permite formular una pregunta moral profunda: ¿qué valor tiene mi virtud si depende de que el bien me sea recompensado?

Maimónides va un poco mas allá. En su libro Mishné Torá, en la sección Hiljot Teshuvá sostiene que no es apropiado servir a Dios para obtener las bendiciones prometidas o evitar los castigos. Porque quien actúa de ese modo sirve por temor y, aunque su conducta sea correcta, ese no es el nivel de los sabios ni menos el de los profetas. Y frente a ello, Maimónides sitúa un grado superior de conducta: servir por amor, sin buscar beneficio ni evitar daño: עושה האמת מפני שהוא אמת «hace la verdad porque es verdad» (Hiljot Teshuvá 10:1-2).

Es así, como la oposición, a mi parecer ficticia, que hemos creado entre «amor a Dios» y «convicción racional» comienza a desaparecer. Para Maimónides, el amor superior no consiste simplemente en obedecer emocionalmente a Dios, sino en alcanzar un estado en el cual la verdad es realizada precisamente porque se reconoce como verdad. Donde el premio deja de ser el fin último de la acción. Porque quien es guiado por el miedo y hace el bien para evitar un mal no es guiado por la razón.

Para el hombre racional, aquel que no se mueve solo por causas externas, el bien no debe realizarse huyendo del castigo, sino comprendiendo aquello que favorece una vida honesta y virtuosa. Porque la felicidad no es el premio de la virtud, sino la virtud misma.

De todas formas, esto no significa que el temor carezca completamente de utilidad. Puede cumplir una función educativa y social. Muchas veces es preferible que alguien no robe por miedo al castigo antes que robe. Pero impedir una mala acción no equivale todavía a formar una persona virtuosa. Es por eso por lo que la pregunta que les quiero dejar es: ¿seguirían haciendo el bien si supieran que jamás recibirán premio ni castigo por hacerlo?

Si la respuesta es no, su virtud sigue siendo instrumental. Si la respuesta es sí, es porque comprende que lo justo merece ser realizado precisamente por ser justo, lo que implica que su conducta moral deja de ser una mera transacción. Porque como vimos, desde Antígono de Sojó hasta Maimónides, hay una misma aspiración: superar la obediencia interesada para llegar a una vida en la cual se hace la verdad porque es verdad y el bien porque se comprende que es bueno.

Por lo tanto, que estos días de Teshuvá (arrepentimiento), que culminan en Yom Kipur, no los transformemos en una representación motivada por el temor al castigo o por la expectativa de una recompensa, sino en una verdadera búsqueda interior por hacer el bien por el bien mismo. Después de todo, Dios no necesita de nuestro perdón ni cambia por nuestras súplicas: ¡Él es Dios! Nosotros, en cambio, somos seres contingentes y finitos, y nuestras acciones repercuten, ante todo, sobre nuestra propia vida y sobre la de quienes nos rodean. Por eso, si alguien desea realmente sentirse mejor, en otras palabras, «perdonado» o libre de culpa, debe comenzar por comprender que el verdadero cambio no nace del miedo, sino del cultivo consciente de una vida virtuosa, surgida de una voluntad interior y no de una presión externa.

Nota

1. Aseret Yemei Teshuvá (los Diez Días de Arrepentimiento) son los diez primeros días del mes hebreo de Tishrei, que comienzan con Rosh Hashaná y concluyen con Yom Kipur.

Referencias bibliográficas

Maimónides, M. (s. XII). Mishné Torá: Hiljot Teshuvá, 10:1-2.

Mishná. (s. f.). Pirkei Avot, 1:3.

Spinoza, B. (2011). Ética demostrada según el orden geométrico (V. Peña, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1677).

Talmud Bavlí. (s. f.). Avodah Zarah, 19a.

Tanaj. (s. f.). Iyov, 1:9.