Hace poco, en una clase escuche una expresión que me causó mucha risa, pero no por su significado irónico, sino por toda la realidad que hay detrás de esta. La frase es: «la fe del carbonero».
Normalmente esta expresión se utiliza para describir una fe firme, sencilla, sin grandes argumentos ni formación intelectual. Aclaro que mi intención no es presentar esta expresión como un insulto. Porque una persona puede desconocer los debates filosóficos sobre Dios y, sin embargo, vivir con honestidad, ayudar al prójimo y llevar una vida religiosa sincera. Por eso sería absurdo medir la dignidad de la fe de cualquier persona por la cantidad de libros que ha leído, o estudios que ha llevado.
Es por eso por lo que mi risa se origina por el siguiente motivo: ¿qué ocurre cuando esa fe nacida desde la sencillez se convierte en una obligación de no preguntar? Por ejemplo, cuando alguien dice «creo porque así me enseñaron, y no necesito pensar más», está tomando una decisión sobre su relación con la verdad, sin cuestionar, y confiando a ciegas en esa creencia. Y esa decisión, en mi opinión, mínimo, merece ser examinada.
Todos recibimos nuestras primeras ideas de otros: de nuestros padres, hermanos mayores, maestros, rabinos, y en general de aquellos que en algún momento han sido nuestros guías y referentes. Porque nadie nació con todo el saber. Desde el primer llanto al nacer, comenzamos a conocer y adquirir conocimiento desde el entorno, primero de manera sensitiva, y a medida que crecemos, de manera racional. Por eso, confiar en una tradición heredada puede ser razonable. Pero recibir una enseñanza no equivale todavía a comprenderla. Si una creencia es importante para mi vida y para mis decisiones, debería poder preguntarme qué significa, en qué se funda, y, sobre todo, cuáles son sus consecuencias.
Maimónides en la Guía de los perplejos (I, 50) advierte que la creencia no consiste simplemente en pronunciar algo con los labios, es algo mucho más profundo, ya que implica lo que la persona cree y afirma interiormente. Pero, lamentablemente, he observado la siguiente paradoja.
Veo repetir durante años que «Hashem Ejad - Dios es uno» pero, a la vez, observar cómo estos mismos, de manera consciente o inconsciente, imaginan a Dios como un ser antropomórfico poderoso, infinito, omnipresente, pero situado en algún lugar, sentado en su cetro, dirigiendo al mundo, y cambiando de humor según los actos de cada pueblo o individuo. Guiados por una interpretación literal de los textos Bíblicos, estas ideas no serían del todo incorrectas, pero por supuesto necesita examinarse, como decimos en hebreo, Tzarij Iyun.
Continuando con Maimónides, en la Mishné Torá, Hiljot Yesodei haTorá, 2:2, él escribe: «¿Cuál es el camino para alcanzar el amor y el temor hacia Él? Cuando una persona contempla Sus maravillosas y grandiosas obras y creaciones, y aprecia Su infinita sabiduría —que trasciende toda comparación—, inmediatamente Le amará, Le alabará y Le glorificará, anhelando con inmenso deseo conocer el gran nombre de Dios, tal como declaró David: “Mi alma tiene sed del Señor, del Dios vivo”».
De este texto, podemos apreciar como el Rambam vincula el amor y el temor de Dios con la contemplación de sus obras y con el deseo de conocer. Esta reflexión intenta profundizar de manera correcta en la vida religiosa. Aunque estudiar puede incomodar, porque quizá descubramos que alguna idea heredada de Dios era demasiado simple o no del todo correcta, no es menos cierto que también puede hacer que nuestra relación con la tradición ascienda a un nivel de mayor consciencia.
Si bien, estoy de acuerdo con Maimónides, lo hago con ciertos matices. Aunque suene cliché, la fe debe juzgarse por sus frutos, como la justicia y el amor al prójimo. Porque a pesar de que una persona sea sencilla, sin conocimientos intelectuales, esto no es un impedimento para que viva de manera admirable. Por el contrario, otra, con estudios y preparación académica o religiosa, capaz de explicar conceptos difíciles, no está exenta de actuar con crueldad. Por eso, sería injusto concluir que «pensar más» nos vuelve automáticamente mejores personas. Por eso, creo que es criticable quienes persiguen a otros por sus opiniones, mientras excusan las malas acciones de quienes piensan como ellos.
Entonces, ¿Por qué mi risa al escuchar la expresión «la fe del carbonero»? Porque cuando se educa a alguien para que confunda fidelidad con renuncia al juicio propio, prefiero reír que lamentarme. Porque cuando hablamos de «la fe del carbonero», en esencia, hablamos de una confianza absoluta y sencilla en algo sin necesidad de analizarlo o entenderlo en profundidad. Es creer porque se confía, no porque se haya razonado. Es como decir: «No estudies eso», «no hagas esa pregunta», «si dudas es porque te falta fe». Y todas estas frases pueden convertir una convicción sincera en una dependencia intelectual. Donde la persona termina necesitando que otro le diga qué creer, qué temer y cómo interpretar cada evento de sus vidas. Y, en ese momento, vemos como el objetivo no es solo proteger una fe sencilla, sino impedir impide que esta crezca.
Si no examinamos lo que nos enseñaron, podemos aceptar una práctica injusta solo porque es antigua o porque la defiende una autoridad respetada. Llegando a llamar «voluntad de Dios» a una costumbre humana. La historia nos ha demostrado que se ha llegado a tratar como amenaza a quien formula una pregunta honesta. Y el riesgo de caer en este tipo de inconsecuencias aumenta cuando se desalienta deliberadamente la búsqueda de la verdad.
El miedo también es un factor para considerar. Este vuelve a las personas más propensas a la credulidad. Porque ante la incertidumbre, de manera casi natural, buscamos certezas rápidas y nos aferramos a quien promete tenerlas. Y, es precisamente en esos momentos cuando necesitamos detenernos, distinguir lo que sabemos de lo que suponemos y preguntar qué efecto producen nuestras creencias en nosotros y en los demás.
Con lo dicho hasta ahora, no espero que toda persona religiosa se convierta en un gran pensador. Pero sí creo que ninguna comunidad/rabino debería temer las preguntas sinceras de sus miembros/alumnos. Se puede comenzar diciendo «a pesar de creer esto, todavía no sé por qué». Esa frase exige más honestidad que una certeza repetida de memoria.
Por lo tanto, «la fe del carbonero» es valorable cuando expresa una vida sencilla y buena. Pero creo que es reprochable cuando se la presenta como el ideal que todos debemos conservar para siempre. Aunque una fe firme puede acompañarnos desde el comienzo de nuestra vida, esta no debería cerrarnos la posibilidad de alcanzar una correcta comprensión. Porque si Dios nos dio la capacidad de pensar, ¿por qué habríamos de considerarla un obstáculo para buscar la verdad?
Referencias
Maimónides. (ca. 1180). Mishné Torá (Hiljot Yesodei haTorá, 2:2).
Maimónides. (ca. 1190). Guía de los perplejos (I, 50).