Hace unos días me plantearon una pregunta halájica aparentemente sencilla: ¿qué debe hacer una persona si se inicia un incendio en su casa durante Shabat? La respuesta clásica sorprende a primera vista. Si únicamente existe una pérdida económica y no peligro para las personas, la prohibición de apagar el fuego permanece. El Shulján Aruj dedica el capítulo 334 de Oraj Jaim precisamente a las leyes relacionadas con incendios durante Shabat.

Sin embargo, el mismo marco halájico plantea inmediatamente una diferencia fundamental cuando existe peligro para la vida. El Ramá señala que, cuando hay posibilidad de sakanat nefashot, peligro para las personas, está permitido apagar el incendio, y quien actúa rápidamente es digno de elogio (Shulján Aruj, Oraj Jaim, 334:25).

Por ejemplo, cuando un incendio es en una casa, está permitido hacer una zanja alrededor de la casa para evitar que se expanda a los vecinos, incluso cuando no hay un peligro directo hacia los vecinos. ¿Pero hoy que muchos vivimos en departamentos, que no es posible hacer una zanja, que podemos hacer para evitar la expansión del fuego?

Según el Rav Itzjak Yosef (Kitzur Shulján Aruj Yalkut Yosef, Hiljot Shabat, Simán 334, pp. 363–375) en un edificio de departamentos no necesitamos buscar necesariamente un equivalente literal de la antigua «zanja». Si existe cualquier preocupación real de que el fuego o el humo se propaguen a otros departamentos, que haya personas que quizá no puedan evacuar, o peligro por gas, se debe apagar el incendio y llamar inmediatamente a los bomberos, incluso en Shabat.

Solamente cuando se sabe con certeza que no existe ningún peligro humano, se recurre a métodos indirectos, como, poner agua en la zona todavía no alcanzada por el fuego o colocar recipientes de agua que se rompan posteriormente por el calor.

Mas allá de la halajá (ley judia), esta diferencia me hizo pensar en algo que va mucho más allá de las leyes de Shabat.

Uno de los peligros de toda religión consiste en perder la proporción de las cosas: hacer extremadamente importante aquello que es secundario y, al mismo tiempo, volver secundario aquello que debería ocupar el centro de nuestra preocupación moral.

No quiero decir con esto que los detalles de la práctica religiosa deban ser minimizadas. Una tradición se construye también mediante gestos, normas, horarios, alimentos, bendiciones y costumbres. El Pirkei Avot incluso advierte que debemos ser cuidadosos con una mitzvá aparentemente ligera como con una grave (Avot 2:1). El problema comienza cuando dejamos de comprender para qué existe todo ese marco halajico (legislativo) y terminamos convirtiendo el medio en el fin. Es por eso por lo que la misma tradición rabínica establece jerarquías.

En el Talmud, al discutir por qué se puede transgredir Shabat para salvar una vida, Shmuel recurre al versículo: «Y viviréis por ellos» (Levítico 18:5). La interpretación es más clara y precisa cuando en otro logar del Talmud dice: «y no moriréis por ellos» (Talmud tratado de Yoma 85b), concluyendo que este principio sirve incluso cuando el peligro no es seguro, sino dudoso.

Esto revela algo fundamental. En la Torá, existe un diseño interno de valores, donde no todo es una acumulación horizontal de órdenes que tienen el mismo peso práctico.

El Rambam expresa, de forma sencilla y directa, esta idea al hablar precisamente de la transgresión de Shabat frente al peligro de vida. Después de establecer que incluso una duda acerca del peligro permite intervenir, plantea que de aquí aprendemos que las leyes de la Torá no son una carga contra el mundo, sino que están destinadas a producir «misericordia, bondad y paz» (Mishné Torá, Hiljot Shabat, 2:3).

Esta afirmación me parece muy importante. Porque significa que el cumplimiento no consiste simplemente en obedecer correctamente una Miztva (mandamiento). También debemos comprender dentro de qué estructura de valores esa Miztva adquiere sentido. Porque de alguna forma podemos llegar a una situación paradójica: una persona puede angustiarse durante horas porque accidentalmente movió un objeto muktzé (prohibido de manipular en shabat), pero no experimentar la misma preocupación después de avergonzar públicamente a otra persona. Cuando esto sucede, entonces algo se ha invertido.

El problema no es que se esté tomando demasiado en serio la religión. Precisamente podría ser lo contrario, es decir, se ha tomado demasiado en serio una parte de la religión y demasiado poco en serio lo que realmente importa.

Maimónides no imaginaba al hombre virtuoso solamente como alguien meticuloso en sus prácticas rituales. Al describir al talmid jajam (sabio), afirma que debe conducirse honestamente en sus negocios, mantener su palabra, no perjudicar a los demás, ser generoso y evitar causar sufrimiento (Mishné Torá, Hiljot Deot, 5:13). La conducta hacia el prójimo no aparece como un añadido moderno a la religión, sino como parte de la propia vida religiosa. Aquí encuentro un punto de contacto muy interesante con Spinoza.

Spinoza observa que el ser humano puede practicar religión movido principalmente por miedo y esperanza. Cuando teme el castigo o espera recompensa, puede desarrollar una enorme preocupación por rituales que piensa que agradarán a Dios mientras permanece intelectualmente pasivo respecto del verdadero significado de sus actos. Spinoza relaciona, de esta forma, el miedo con el surgimiento de la superstición.

Una religiosidad semejante puede producir una extraña inversión moral. Prestamos una enorme atención a aquello que imaginamos que Dios observa, mientras olvidamos aquello que realmente ocurre delante de nosotros. Nos preocupa si encendimos accidentalmente una luz en Shabat, pero quizá mucho menos si con nuestras palabras destruimos emocionalmente a alguien. Con esto no quiero decir que la primera categoría carezca de importancia. Lo que intento decir es que la segunda no puede convertirse en secundaria.

En la Ética está escrito que una vida gobernada por la razón es superior a una vida gobernada simplemente por pasiones, temores y esperanzas. Su crítica a la superstición religiosa parte precisamente del peligro de obedecer sin comprender. Porque la verdadera virtud implica actuar desde una comprensión adecuada y no simplemente desde el miedo al castigo (Ética, IV).

Por eso creo que desde una perspectiva maimonideana podemos decir algo parecido sin abandonar el marco halájico. La persona religiosa madura no es únicamente aquella que sabe qué está permitido y qué está prohibido. Es aquella que comienza también a comprender por qué ciertas cosas ocupan determinados lugares dentro de una vida ordenada hacia el bien. Por eso el ejemplo del incendio resulta tan gráfico.

Cuando vemos una casa ardiendo, la pregunta no debería reducirse mecánicamente: “¿Está permitido apagar fuego en Shabat?”. Hay que preguntar también: ¿hay personas?, ¿puede propagarse?, ¿existen vecinos?, ¿hay riesgo por humo, electricidad o gas?, ¿podemos realmente asegurar que no existe peligro? Porque la halajá (ley) misma obliga a realizar estas distinciones. Frente a un posible peligro para la vida, la preocupación religiosa correcta ya no consiste en preservar Shabat absteniéndose de actuar, sino precisamente en actuar.

Es por eso por lo que creo que la decadencia religiosa no comienza necesariamente cuando dejamos de observar las normas. A veces comienza cuando continuamos observándolas, pero olvidamos qué valores pretendían construir. Si querer podemos centrarnos en conservar cada detalle exterior, pero perder lentamente el sentido interior. Es así que creo pertinente preguntarnos periódicamente no solamente cuánto estamos cumpliendo, sino qué clase de seres humanos está produciendo nuestro cumplimiento.

Si nuestra religiosidad nos vuelve más honestos, más justos, más racionales, más cuidadosos con el sufrimiento ajeno y más conscientes de nuestra responsabilidad, probablemente estamos entendiendo algo importante. Pero si podemos ser extremadamente rigurosos en cuestiones secundarias y sorprendentemente permisivos cuando se trata del daño que provocamos a otros, algo necesita ser revisado. Porque quizás uno de los mayores peligros de la religión sea precisamente este: «hacer importante lo insignificante hasta terminar haciendo insignificante lo verdaderamente importante.»

Y quizá la verdadera yirat shamayim (temor al cielo) comienza justamente cuando recuperamos el correcto equilibrio.

Referencias

Maimónides, M. Mishné Torá: Hiljot Deot 5:13.

Maimónides, M. Mishné Torá: Hiljot Shabat 2:1–3.

Mishná. Pirkei Avot 2:1.

Talmud Babli. Tratado Yoma 85b.

Shulján Aruj. Oraj Jaim 334.

Spinoza, B. (1677/2000). Ética demostrada según el orden geométrico (A. Domínguez, Trad.). Trotta.