El otro día vi a un YouTuber cabalístico preguntarse si Adán y Eva fueron los primeros seres humanos. Su exposición dejaba abierta la posibilidad de que no lo fueran y sugería que eso tampoco comprometería la verdad de la Torá. Mientras lo escuchaba, pensaba lo interesante que hubiera sido que esa libertad para interpretar hubiera acompañado también la seguridad con que tantas veces se nos enseñó lo contrario.
Algunos argumentos me recordaron la lectura alegórica del jardín del Edén que encontramos en Radak, y que en más de alguna ocasión he comentado. Existe, efectivamente, una tradición filosófica judía que permite leer esos relatos más allá de su superficie narrativa. El Radak desarrolló una interpretación alegórica con una importante influencia maimonideana. Por eso, presentar esa posibilidad bajo una etiqueta cabalística, sin reconocer sus antecedentes, puede dejar al público con una historia incompleta de las ideas.
Por supuesto, encontrar una semejanza no basta para afirmar que alguien copió al Radak. Tampoco una interpretación alegórica equivale a defender la evolución biológica. Precisamente porque me importa el pensamiento crítico, creo que debemos distinguir estas cosas. Pero mi inquietud principal es otro, y es la facilidad con la que ciertos discursos religiosos cambian de posición sin hacerse responsables de lo que antes afirmaban.
Lo he observado también al escuchar conversaciones sobre vida extraterrestre. En espacios donde antes encontraba rechazo o burla, ahora escucho posibilidades, insinuaciones y hasta explicaciones sobre cómo todo eso tendría lugar dentro de la tradición.
Conviene precisar que el hecho de que el Gobierno de EE. UU. este desclasificando informes sobre fenómenos no identificados no demuestra que existan visitantes extraterrestres. La propia documentación oficial distingue los casos sin resolver de una determinación sobre su naturaleza. Por lo tanto, la incertidumbre sigue siendo incertidumbre, aunque resulte atractiva para un video.
Ahora bien, imaginemos que mañana se demostrara la existencia de vida fuera de la Tierra. Sospecho que algunos de quienes ayer la descartaban aparecerían explicándonos que sus maestros ya lo sabían. Y seguramente encontrarían un pasaje, una alusión o una palabra que, interpretada convenientemente, terminaría diciendo exactamente lo que acabamos de descubrir. Por que seamos sinceros, la gematría cabalística da para todo, si hace falta, podemos cambiar de manera arbitraria un yud י por una ו, y listo, ahora todo cuadra, si finalmente, ambas letras son casi iguales. Y si es necesario reemplazarla por una alefא para que quede aún mejor, démosle no más, si total, el papel aguanta. ¡Parece que la exegesis cabalista esta mas allá de la academia!.
Es por eso por lo que ese mecanismo me parece digno de examen. Primero se afirma algo con autoridad religiosa. Cuando el conocimiento disponible lo vuelve difícil de sostener, se flexibiliza la interpretación. Finalmente, la nueva explicación se presenta como una sabiduría que siempre estuvo allí. Pero en todo ese recorrido suele faltar una frase bastante sencilla, pero que requiere mucha honestidad: «Nos equivocamos».
A mí no me molesta que una interpretación cambie, al contrario, me parecería absurdo exigirle que permanezca inmóvil mientras aprendemos. Lo que cuestiono es que se cambie la respuesta y se conserve intacta la pretensión de haber tenido siempre razón. Porque entonces debemos preguntar qué podría mostrar que aquella interpretación era equivocada. Si cualquier resultado confirma el discurso, su aparente fortaleza podría consistir simplemente en que nunca se permite perder.
Esto me recordó el dicho popular de que las cucarachas sobrevivirían a una catástrofe nuclear. Más allá de la exageración del dicho, la imagen expresa una extraordinaria capacidad de supervivencia. Algo semejante veo en ciertos mecanismos del discurso de algunos iluminados: pueden derrumbarse explicaciones enteras y, al día siguiente, la autoridad reaparece ilesa. De todas formas, aclaro que la comparación que utilizo solo apunta a esa capacidad del discurso para sobrevivir a sus propias contradicciones.
Pero sobrevivir no demuestra tener razón. Un tipo de pensamiento puede durar siglos y seguir equivocándose en cuestiones fundamentales. También puede reconocer sus errores y volverse intelectualmente más honesta. Esa segunda posibilidad me parece mucho más valiosa que cualquier exhibición de infalibilidad.
Como rabino y docente, creo que tenemos una responsabilidad: citar nuestras fuentes, distinguir lo que sabemos de lo que suponemos y admitir cuándo estamos revisando una interpretación. Quien enseñó ayer una lectura literal debería explicar por qué hoy propone una alegórica. Nuestros alumnos merecen conocer ese recorrido. Porque una tradición que busca la verdad debe permitir que el conocimiento la corrija. Si únicamente aprendemos a reinterpretarlo todo para que nuestra autoridad sobreviva, quizá estemos formando seguidores muy adaptables, pero difícilmente personas capaces de pensar.
Kol tuv, R. Naftali E.